martes, 8 de marzo de 2011

Misha.








A Gussy y Laika, dónde quiera que estén. 



La mañana está fría, sin embargo el sol comienza a despuntar. Ya casi son las siete de la mañana, la misma hora a la que día tras día he llegado a casa para realizar la misma rutina. Primero, atender y pasear un rato a Misha, nuestra perra Labrador, después desayunar y dormir un rato. Lo que me motiva es que ésta será una noche diferente, especial. Y cómo no lo sería, si hoy celebramos nuestro aniversario de bodas.



Aún no puedo creer que hayan pasado tan sólo cinco años desde que nos casamos. Sé que sonará a frase trillada, pero en verdad el tiempo ha pasado muy rápido desde que estás a mi lado. Ha sido maravilloso para mí poder despertar cada día recibiendo un beso tuyo, con tu mano colocada sobre mi pecho para después escucharte susurrar en mi oído dulcemente un “ya despierta, flojo, o se te va a hacer tarde”. Y ello por mencionar sólo uno de los miles de detalles que a diario tienes para conmigo, los cuales creo que jamás acabaré de agradecer y de corresponder como te lo mereces.



Y aquí estoy, por fin, frente al gran portón negro de nuestra casa, de nuestro hogar. Me estaciono y presiono el control remoto para poder entrar. Ya adentro, bajo del auto y al acercarme a la siguiente puerta que da a la sala, llave en mano, la escucho ladrar. Misha. Sé que está, como cada mañana, esperando a que esta vez llegues conmigo, pero eso no pasará, no hoy. Al entrar, lo primero que recibo son gemidos de alegría que se detienen cuando ella se da cuenta que nuevamente llego sólo a casa.



Me acerco a la mesita que está en el centro de la sala y dejo las llaves para luego tumbarme en el “lovesit”. Vaya nombre para un mueble que, en mi caso, carece de belleza sin ti aquí. No obstante, Misha se encarga de ocupar ese lugar desierto junto a mí siempre que tiene la oportunidad. Pobre, ha estado tratando de llamar mi atención, pero no lo había conseguido. Tiempo atrás le hubiera ordenado que se bajara, pero no, hoy no. Y dada la libertad que le confiero, pone su cabeza en mi regazo y se queda ahí mirándome, como demostrando que sabe que ocurre. Podría jurar que noto la tristeza que hay en sus ojos. Y mientras le froto el lomo le digo “hoy no vendrá amiguita… pero pronto, ya verás”. Una lagrima rueda por mi mejilla y ella me mira fijamente. ¿En verdad comprenderá? No lo sé.



Misha siempre ha sido más tuya que mía, pero en todo este mes que no has estado aquí ha sido una gran compañía para mí, creo que comenzamos a entendernos mejor. Ahora, llega el momento del paseo, tras lo cual desayuno para luego irme a acostar. Como siempre, ella espera a que esté medio dormido para introducirse entre las sábanas. Lo hace muy lentamente, con un movimiento pausado, aunque constante, como si estuviera tras una presa o escabulléndose entre la maleza. Y así avanza hasta quedar acostada junto a mí. Yo, sin abrir los ojos, siento su respiración cerca de mi mejilla dado que me acerca su nariz sin llegar a tocarme. Luego pone su cabeza sobre mi pecho y al fin los dos tratamos de dormir.



Aunque afuera el sol brilla magníficamente y hay gente que va por aquí y por allá en toda la avenida en la que vivimos, en mi habitación, perdón… en nuestra habitación reina la penumbra que me abraza para ayudarme a dormir. Y así comienzo a soñar y en mis sueños estás tú. Sueño que te miro mientras entras a la habitación, vestida toda de blanco, caminando tranquilamente, en medio de una luz extraña y cálida a la vez, la cual me llena de paz. Me enderezo un poco y de mis labios se escapa un suspiro. No quiero perder la oportunidad de que sepas cuanto te he extrañado, pero no sale sonido alguno de mis labios. Tú esbozas una sonrisita y yo estiro mi mano hacia ti. Pero algo rompe el encanto del momento y tu expresión se vuelve confusa y triste. Te miro bien y percibo que algo pasa. Lloras. Sí, es eso, estás llorando. Te llevas las manos al pecho y las unes, en ese gesto único que preside a una plegaria. Inclinas de lado tu cabeza, intentas sonreír de nuevo y me dices que todo va a estar bien. “Yo voy a estar siempre a tu lado, amor”.



Ring, ring.



El teléfono suena y me hace volver a la realidad. Aturdido, envuelto en sudor, me enderezo, estiro mi brazo hacia el teléfono e intento contestar, pero el auricular pesa una tonelada, lo cual dificulta la operación. Antes de acercar el aparato por fin a mi oído, volteo a ver a Misha.



- ¿Tu también la viste? – le pregunto, con la voz casi apagada, tras lo cual sólo obtengo una mirada inexpresiva. Para ese momento casi me había olvidado de que había alguien en la línea, pero tenía que comprobar si ese “alguien” seguía ahí.



- Marcos… ¿estás ahí? – e inmediatamente reconozco la voz de tu mamá que llama desde el hospital.



- Si, aquí estoy – le respondo como por reflejo y con el corazón en la mano, esperando que sean buenas noticias las que tiene, sin embargo, la esperanza se me muere ahí, sentado en la cama, cuando ella comienza a llorar. No tiene que decir más, simplemente termino la conversación diciéndole:



- Voy para allá.



La habitación me parece mucho más grande y oscura de lo que en verdad es. Trato de alcanzar el apagador de mi lámpara de noche, pero el esfuerzo es en vano. Así, abrazado por la penumbra que causan las gruesas cortinas que están corridas, comienzo a asimilar lo que pasa y las lágrimas, inevitablemente, comienzan a surgir. Misha se coloca en mi regazo y yo la abrazo fuertemente mientras ella, a modo de consuelo, lame las lágrimas de mis mejillas, como si con eso me fuera a hacer sentir mejor.







II



Intento tomarme unos instantes para “digerir” la noticia, pero soy consciente de que “unos instantes” no me bastarán para eso y que tengo mucho que hacer, así que me levanto y tomo el traje negro, ese que colgué hacía una semana en la puerta del closet pensando que lo usaría cuando salieras del hospital. Aunque debo señalar que obviamente esperaba que salieras de ahí con vida. Después le pongo la pechera a Misha y meto tu vestido azul, ese que tanto te gustaba, en el auto. Ya está dispuesto todo para poder dirigirme hacia el hospital. Me consuela pensar que ésta ha sido, tristemente, la única manera en la que te has liberado de todo tu dolor, de esta manera ya no sufres más y ahora estás mejor en el lugar al que has ido, donde quiera que eso sea.



Pienso en la mañana en la que ocurrió aquel fatídico accidente. Aquella mañana en la que tuviste que viajar hasta Toluca por cuestiones de trabajo. Yo te sugerí que viajaras en autobús, pero no logré convencerte. ¿Sabes? Siempre cargaré con ello en mi corazón… si tan sólo te hubiera insistido un poco más… en fin, no podríamos saber que esto pasaría. Tres horas después de que te fuiste, sonó el teléfono de mi oficina. Esa mañana estuve inquieto desde tu partida, incluso dejé que el teléfono sonara un par de veces, como presintiendo que lo que recibiría sería una mala noticia y sí, así fue. Quién llamaba era un paramédico de la Cruz Roja. Él me dijo que un imbécil en estado de ebriedad chocó contra tu auto. Estuviste ocho días en terapia intensiva, después entraste en coma y ahora, después de un mes, descansas por fin en paz. 



Estoy deshecho, en verdad desecho. No sé que me mantiene en pie. Llego al hospital y al primero que veo es a tu hermano menor. Tan sólo veintidós años y tiene que vivir ya una experiencia tan difícil como esta.



- No es justo que nos pase a nosotros - me dice mientras me abraza fuertemente y comienza a llorar - ¿por qué ella?



Y no soy capaz de responder a su pregunta. No. ¿Cómo podría dar una respuesta que yo mismo demando obtener?



Misha permanece ahí junto a nosotros y lo único que hace es mirarnos fijamente. Sin embargo, le ordeno que vuelva al auto ya que no puede entrar al hospital, tendrá que esperar aquí hasta que estemos en la funeraria.



Así, me llega el momento de “reconocer” tu cuerpo. ¡Qué trámite tan estúpido! ¿Acaso el doctor piensa que todo este tiempo he estado visitando a alguien a quien no conocía? El colmo de los absurdos, pero “es necesario”, dice el doctor. Entonces miro tu rostro, te ves tan en paz, tan serena postrada en esa cama. Tomo tu mano y me acerco hasta tu oído para susurrarte unas palabras:



- Sé que fue cierto, cariño – te digo mientras espero ingenuamente tener una respuesta tuya –sé que fuiste a decirme adiós entre sueños.



Ya en la funeraria, comienza a llegar la gente poco a poco. Misha no se ha apartado de junto a tu féretro, a veces se sienta, otras tantas se hecha, pero no se aparta de ahí. Yo he estado de aquí para allá, recibiendo el pésame, hablando con tus hermanos, escogiendo el mejor lugar para colocar las flores que llegan… en fin, haciendo todo lo que un viudo debe hacer. Siempre he odiado este tipo de lugares ¿sabes? Pero ahora, ahora más que nunca, siento una repulsión total hacia ellos.



Hay mucha gente aquí, muchos murmullos en toda la sala. Gente que sentada en los sofás de piel me miran mientras murmuran. ¿Qué cosas se dirán? ¿Les causará morbo el qué haré de mi vida a partir de mañana, cuando te pongamos bajo tierra? Para no poner atención a esos cuchicheos centro mi mirada en uno de los cirios que rodean tu ataúd y los sonidos de alrededor se van haciendo más y más tenues. Entonces, me transporto hasta el último momento en que estuvimos juntos antes de tu accidente. Estábamos los dos de pie en la banqueta, tu tan bonita como siempre, de traje sastre oscuro y zapatos altos, tu cabello suelto y casi sin maquillaje. Yo, como siempre, en jeans, una playera y tenis, además sin rasurar. Luego me abrazaste y me dijiste “te amo”. Te subiste y arrancaste el auto sin dejar de mirarme por la ventanilla. Cada recuerdo que viene hasta mi me desgarra el corazón, me hiere profundamente y me hace sollozar otra vez. Busco refugio en una silla de madera que está puesta en un rincón, lejos de la entrada y casi de frente a tu ataúd. Y ahí me quedo hasta que el sueño me vence.







III



Y luego de la tormenta… ¿la calma? La verdad es que hoy no pienso que eso sea totalmente verdad. O es más bien relativo porque… ¿a que le debo llamar calma? ¿A que ya no me lloro más? No creo, sin embargo es lo que la gente dice hoy, a unos cuantos días de tu entierro… que me veo más tranquilo. Por mí, que digan lo que quieran, en verdad no saben cómo me siento por dentro.



Hoy es la última misa, el novenario. Ya sabes que yo no soy muy creyente que digamos, pero tu mamá ha organizado todo y yo la verdad no podía faltar, no quería faltar.



El padre termina el ritual y nos dice que “podemos ir en paz”. Yo, aún de pie frente a la imagen de la virgen y la fotografía que te tomé cuando estuvimos en Paris, siento que me derrumbaré. Mi madre me abraza y me dice sin palabras que todo estará bien. Y la pobre Misha, también está ahí, pegada a mi pierna sin hacer ruido, sin dar molestia. Te juro que podría afirmar que la he visto llorar. Mi madre está aún de pie junto a mí, tratando de animarme y yo para no hacerle el desaire me hago el fuerte, aunque en verdad no lo soy.



La gente comienza a marcharse. Mi madre y tus padres insisten en que debo irme con alguno de ellos a vivir por un tiempo, a lo cual yo me niego rotundamente. Ninguno de ellos tiene espacio para Misha, no puedo hacerle algo así. No puedo deshacerme de ella. No, de eso ni hablar. Los convenzo de que estaré bien y entonces me retiro del lugar. Subo a mi auto, Misha me acompaña en el asiento del copiloto. La miro fijamente y ella pone su pata sobre mi pierna.



- Será difícil la vida sin ella, amiga – le digo mientras enciendo el auto - pero… no nos queda más que continuar.



Mientras voy manejando comienzo a pensar en qué debo hacer con tus cosas. No lo sé aún. Tal vez pase un tiempo sin poder deshacerme de ellas… ¿Qué sé yo?



Bien, no es la primera noche que paso sin ti, mi adorada esposa, a mi lado, aunque si es la primera en la que tengo la certeza de que ya jamás volverás. Al llegar a casa, lo primero que noto es el gran vacío que has dejado aquí. La casa no es la misma sin ti… yo no soy el mismo sin ti. ¡Qué tormento! ¡Qué castigo tan cruel es estar sin ti! Me doy una vuelta por el que fuera tu estudio antes de ir a la habitación. Observo todo el lugar y me detengo en tu escritorio. El último libro que adquiriste está aún ahí, abierto de par en par. Una bella edición de Fausto. Me acerco, la tomo y leo un fragmento en el que Fausto le pregunta al mismo demonio “¿Qué podrás darme tú, pobre diablo?... ¿Qué es lo que ofreces?... Una muchacha que, abrazada a mi pecho, ya guiña el ojo y se entiende con el más cercano…”.



- Vaya – exclamo para mis adentros -  yo también le vendería mi alma al demonio ahora mismo con tal de poder ver una última vez tu sonrisa.



 ¿Por qué es tan injusta la vida? ¿Por qué se tiene que ir la gente buena? Noto que una lágrima cae sobre las hojas de aquel libro, así que mejor lo dejo y me dirijo a mi habitación para dormir, o al menos para intentarlo.



Sólo me quito los zapatos y me recuesto.  Antes de apagar la luz miro esa foto donde estamos los dos, en nuestro viaje a Toronto. Abrazados y cubiertos de nieve. Ese gorro que yo traía nunca te agradó. “Es horrible, pareces un vago con él, pero si a ti te gusta, pues ni modo”. Recordar eso me hace sonreír. No por la foto, ni por el gorro, sino por la forma en la que me regañabas. Siempre comenzabas siendo enérgica y terminabas por consentirme y aceptar mis caprichos. Caray, en verdad que no habrá jamás otra como tú. Tomo la fotografía y me acuesto. Me arropo y pongo la foto sobre mi pecho. En el momento, imagino que no podré conciliar el sueño, pero el cansancio y la tristeza mezclados suelen ser un gran “coctel” para dormir, cuando menos algunas veces.



Ya estoy medio dormido, cuando escucho el tintineo del collar de Misha entrar en la habitación, entonces, sin abrir los ojos, me doy cuenta que su ritual para entrar en la cama no cesará. Como siempre, ella espera éste momento en el que ya estoy medio dormido para introducirse entre las sábanas. Lo hace muy lentamente, con un movimiento pausado, aunque constante, como si estuviera tras una presa o escabulléndose entre la maleza. Y así avanza hasta quedar acostada junto a mí. Yo, sin abrir los ojos, siento su respiración cerca de mi mejilla dado que me acerca su nariz sin llegar a tocarme, pero esta vez algo diferente ocurre, algo que hace estremecer mi corazón y mi razón, pues escucho una voz que me es familiar y me dice “lo ves, te prometí que siempre estaría a tu lado, mi amor”.