miércoles, 7 de diciembre de 2011

El alacrán del odio.

Por Víctor H. Valencia Vivas.

“One short sleep past, we wake eternally,

And death shall be no more; Death, thou shalt die.” *



Death, be not proud (Holy Sonnet 10) / John Donne.




Siempre me pregunté cómo sería esto, los últimos instantes de mi vida, la vi pasar delante de mis ojos, podía escuchar el latido de mi corazón, sentía como ese golpeteo se iba haciendo cada vez más lento y débil, trataba de mover mi cuerpo, pero noté que no me respondía, el aire comenzaba a sentirse tan denso como el agua cuando trataba de inhalar un poco y mientras… ellos estaban allí… fijamente puestos sobre mi… esos ojos del color de la noche observaban como mi vida se apagaba, esperaban ansiosamente que tomara mi último aliento y dejara de resistirme, que simplemente me dejara morir por ese veneno de ira que fluía por todo mi cuerpo. ¿Quién diría que mi existencia acabaría así?



Todo comenzó hacía unos días. Después de mucho trabajar, tuve vacaciones en la primaria donde era profesor y en la universidad donde estudiaba. Sin perder ni un minuto, el día en que me despedí de los pequeños y me dieron mis calificaciones en la escuela, volví a casa para recoger mis maletas e irme a visitar a mis padres y a mi hermano. Les llamé y sin nada más que hacer me dirigí a la central de autobuses para tomar el primer camión que encontrara hacia Querétaro.



Adoraba ir a visitarlos, casi no los veía así que no perdíamos oportunidad en estar reunidos y poder ir aquí y allá. La casa donde ellos vivían era hermosa, con un modesto pero hermoso jardín al frente y una hermosa vista del atardecer. Además de estar con ellos, cada vez que iba yo a ese bello Estado, me gustaba salir a tomar fotos de animales silvestres, de iglesias, en fin… de tantas cosas, ya que la fotografía era mi gran pasión. Después de seis días con mi familia, recibí la llamada de una de mis pequeñas alumnas de 1°, Laura. Me llamó para invitarme a su fiesta de cumpleaños que sería al día siguiente. Entonces, acordé con mi familia que al otro día saldría de vuelta para la Ciudad de México y que ellos irían un par de días después para que visitáramos a los abuelos.



Mi padre había salido al jardín a regar sus plantas en la última noche que yo pasaría con ellos, cuando, de repente, me llamó.



- ¡Ven, corre y trae tu cámara! –gritó–, pero no pierdas tiempo, que tu modelo se irá.



Cuando salí, pude ver en el piso un alacrán en medio de la losa. Se quedó inmóvil debido a la presencia de mi papá.



- Vaya, nunca había visto uno de estos tan de cerca –murmuré mientras le quitaba el tapón al lente de la cámara–. ¿Y no son venenosos? –pregunté al tiempo que caminaba cautelosamente hacia esa cosa.



- Pues sí, pero no te preocupes, simplemente no te acerques mucho –respondió mi padre sin quitarle la mirada de encima–. Es el macho, porque la hembra es de otro color.



Logré tomar un par de buenas fotos de aquel ser, pero después de unos instantes, comenzó a moverse rápidamente hacia mi padre, pero él le apunto con la manguera con la que estaba regando las plantas y lo lanzó hacía mi con el chorro del agua. Yo, entre el miedo y la emoción, no pude hacer nada más que aplastarlo con la suela de mi zapato. Y ese fue su fin. ¿Y su única culpa? Haberse atravesado por donde mi padre se encontraba.



Después, entramos a la casa y mi papá nos dijo a mi hermano y a mí:



- ¿Saben? Deberíamos salir a buscar a la hembra, esas cosas siempre andan en pareja, supongo y el otro debe andar por ahí.



Sacó una linterna y salimos los tres al jardín, sin embargo, en cuanto salimos logré ver que el otro alacrán estaba atravesando la calle y después, literalmente, se lanzó hacia la corriente de un pequeño rio que pasa junto a la casa. Había comenzado a llover, así que decidimos olvidarnos del asunto y volver adentro.



Esa noche tuve una pesadilla, fue la noche más horrible que jamás haya tenido. En mi sueño, estaba en medio de un bosque, temblando de frio y bajo la lluvia. Entonces, un alacrán, casi tan largo como una de mis piernas, salió de entre los arbustos. Estaba no muy lejos de mí, con su mirada fija, ver sus ojos era como sentir carbones ardientes a punto de tocar mis parpados. Movía sus tenazas de un lado al otro, lento, muy despacio y apenas tocando el piso. De repente y sin dar aviso, se lanzó hacia mí, me tomó del brazo derecho, tiraba de él y me apretaba tan fuerte que creí que me lo arrancaría. Entonces, comenzó a jalarme hacia un río, con la otra tenaza sujetó mi pierna izquierda, sabía que tenía tantas oportunidades de liberarme como las que tiene un pequeño animal cuando es aprisionado por un cocodrilo… ninguna.



Caímos juntos en la corriente y nos perdíamos en lo turbio de aquellas aguas. Desperdiciaba el poco aire que había en mis pulmones tratando de dar gritos de horror que nadie escucharía. Golpeaba su cabeza con la mano que tenía libre, pero todo esfuerzo por librarme era en vano. ¿Por qué no me acababa con su gran punta letal en un solo instante?



Mi cabeza estaba confundida entre las vueltas que dábamos debido a la corriente. Por un instante no supe de mí, hasta que me di cuenta de que aquel animal estaba tratando de hacer más grande la distancia entre sus tenazas. Comenzó a estirar en direcciones opuestas mis miembros que aún tenía aprisionados. El dolor era intolerable e interminable también. Un pequeño estruendo y después la corriente que nos arrastraba se había teñido de rojo. Mi pierna había sido separada del resto de mi cuerpo por aquel monstruo. El dolor fue tan intenso que me hizo despertar y caer de la cama sobre la que yacía, en la habitación de mi hermano. Me llevé las manos a la pierna que había perdido en esa pesadilla. Estaba fría, adolorida y el resto de mi ser trataba de convencerse de que había sido solo un horrible sueño y nada más.



Eran ya las 8 de la mañana cuando desperté y ya no había nadie más que yo en la casa para entonces. Me levanté y me miré al espejo. Llevaba el color del miedo en mi rostro, color que se mezclaba entre un tono negro en el contorno de mis ojos y la palidez en mis mejillas del que ha visto a la muerte y se ha codeado con ella de cerca. Horrible sensación, aunque finalmente, ese ser maltrecho por un sueño muy real era yo. Pero no había tiempo para detenerme a pensar, no, esta vez no tenía el tiempo para pensar en mí mismo. Tenía un compromiso al cual llegar, Laura… y eso era todo.



Me metí en los pantalones, la playera perdería las arrugas en el viaje, me puse mi gorra y recogí mis cosas, tomé mi maleta, escribí una nota para mis padres y ya todo estaba listo para mi regreso a la ciudad. “Son las 8:15 am y acabo de salir hacia la terminal, les llamo en cuanto llegue, los quiero”, decía la nota. Al dejarla, me detuve un instante, con la mirada perdida y mi mente aún atormentada por el recuerdo de aquel sueño. ¿Había sido provocado por la culpa de haber matado a un insecto? ¿Y cómo podía yo saberlo? No debería haberle dado mucha importancia, es más, ni siquiera sabía si aquello era un insecto o un arácnido. Tomé las llaves y me dispuse a partir.



Al abrir la puerta que da al caminito de losa, la vi, estaba de pie, a unos cuantos metros de mi y al otro lado de la reja que daba a la calle. Me quedé impactado al observarla. Era una mujer con una piel blanca que parecía cubierta por la más fina arena del mar, con el brillo de dos esmeraldas en sus ojos y cientos de hilos de plata por cabello. Simplemente, estaba allí, desnuda y de pie. No pude evitar darle una mirada de curiosidad a su cuerpo, a sus pechos firmes y delicados, casi infantiles y que terminaban donde comenzaba aquel abdomen perfectamente formado y lleno de fuerza. Cuando finalmente logré romper su embrujo sólo pude preguntarle:



- ¿Estás bien? ¿Necesitas ayuda?



En ese momento, pude notar una mueca en su cara… una sonrisilla, sí, eso fue. Y cuando mi mirada se unió a la suya, un escalofrió me recorrió la espina dorsal.



Un instante después, ella sujetó la reja con sus delicadas manos y comenzó a sacudirla estrepitosamente, como tratando de derribarla. Yo retrocedí, pero choqué con el sillón que estaba detrás de mí y caí al piso, no muy lejos de la puerta. Ella continuaba sacudiendo la reja, sus frágiles brazos fueron lo suficientemente fuertes como para comenzar a doblar los barrotes de hierro que la mantenían a raya. Al darse cuenta de que no podía retirarlos, se detuvo y comenzó a escalar por la reja de tres metros y medio de alto, hasta que alcanzó la parte más alta que estaba rodeada de alambre de púas. Pero eso no fue impedimento para ella ya que arrancó el alambre de un golpe, con el mismo esfuerzo que un niño arrancaría los pétalos de una rosa y cual felino, se lanzó hacia el suelo. Logré incorporarme, traté de empujar la puerta para evitar que entrara. Cerca estuve de lograrlo. Sin embargo, ella cruzó los cuatro metros que nos separaban antes de que yo pudiera cerrar por completo. Fue como si un berserker[1] fuera quien quería entrar y no ese ángel endemoniado.



El impacto de la puerta me hizo volar unos metros por el aire y antes de que pudiera abrir los ojos, sentí sus manos en mi garganta. Me levantó del suelo con la misma intensidad con la que trató de derribar la reja. Me impactó contra una pared… ¿Qué era esto a lo que me enfrentaba? ¿De dónde provenía toda esta maldad que acompañaba cada uno de sus movimientos?



En el momento en que todo mi ser era ya presa del pánico y el desconcierto, ella comenzó a estremecerse. El aire no podía pasar más por mi contraída tráquea. Me esforzaba por liberarme de su mano. Mientras, unos ruidos provenían de detrás de ella. Primero, quebrar de huesos, tejido y piel rompiéndose al unísono, había sufrimiento en su rostro, pero parecía estarlo disfrutando. Y la muerte apareció detrás de ella, se hizo presente esa media luna y su punta majestuosa, afilada en la misma roca en la cual Átropos[2] afilaba sus tijeras. Una cola de alacrán que comenzaba en la cintura de aquel ser y así, inclinando su cabeza un poco de lado, no había nada que se interpusiera entre su aguijón envenenado y yo. Clavó la punta en mi pecho, por encima de su hombro, justo entre mi corazón, mis pulmones, mi tráquea y mi alma.



¡Qué sensación! No hubo dolor, sólo tuve una sensación cálida que se iba esparciendo lentamente por mis venas. ¿Entonces, con que así es como se siente morir?



- Pronto terminará todo –susurró en mi oído–. El odio que siento por ti me convirtió en lo que ves… y pronto marcaré el fin de tu vida, así como marcaste el de aquel ser cuya descendencia llevo ahora dentro de mí… yo también me iré… pero no importa porque… mi venganza… se ha… consumado.



Solo un suspiro duró el huracán, después me sentía como en el centro del mismo, donde por fin hay paz, pese a lo turbio de los vientos de alrededor. No había más dolor, ni miedo, ni nada que se le pareciera. Simplemente, estaba tendido en el lugar que fuera mi última morada.



En fin, es hora de partir. A fin de cuentas, si haré un viaje, pero como me gusta hacerlos, ligero, sin equipaje ni maletas, es más, esta vez ni siquiera mi cuerpo podré llevar.



Es extraño verme allí, tirado en medio de aquel desorden que esa criatura causó, con mi pecho destrozado y un pequeño alacrán encima de mí, con la vida abandonando su insignificante y pálido cuerpo. Pobrecilla, lo dio todo en un instante, convirtiendo toda la vida en ella en ese veneno mortal. ¿Y qué dirán mis padres y mi hermano cuando vuelvan a casa? ¿Quién les explicará lo que pasó aquí? ¿Quién le dirá a esa pequeña niña porqué no pude acudir a su fiesta de cumpleaños? Bueno, eso es algo de lo que ya no me puedo preocupar.



Mi destino ha sido marcado por el veneno del odio y ahora debo continuar mi camino hasta ese lugar dónde todas las almas se reúnen en el más allá. Debo empezar a recorrer mi última senda, esa que me fue otorgada a causa del amor, del odio y de la venganza.


* "Un corto sueño después, despertamos eternamente,
   Y muerte no habrá más; Muerte, tu morirás." 

[1] Gigante de la mitología escandinava que, poseídos por una incontenible furia durante la batalla, realizaban las proezas más extraoridnarias.


[2] Una de las tres parcas, diosas del destino de cada individuo. Cloto hilaba el hilo de la vida, Laquesis lo devanaba y Átropos lo cortaba.

lunes, 3 de octubre de 2011

La ventana.



I



La tarde estaba soleada en la ciudad, como solía estarlo siempre en Abril. En las calles, la cotidianeidad fluía al ritmo de toda la gente que iba y venía, que salía de los comercios o que entraba a los cines, gente que ponía atención al cruzar las calles tanto como ponía atención en no cruzar miradas con los demás. Todo afuera era movimiento, al contrario de lo que pasaba en el tercer piso de un viejo edificio cerca del centro de la Ciudad de México.



Ahí dentro no había prisas, no había presiones, no había tanto ruido como afuera. Todos y cada uno de los alumnos del curso de pintura estaban esmerándose en plasmar lo mejor posible sus ideas sobre el lienzo. El profesor Mario, como siempre, rondaba entre todos sus alumnos para supervisar el trabajo y dar en voz baja una felicitación o una orientación, según fuera el caso del alumno.



Todos ellos estaban colocados en un gran círculo, delante de sus lienzos, con sus paletas llenas de colores en una mano y el pincel en la otra. Y así el profesor caminaba y posaba su mirada de cuadro en cuadro, hasta el momento  en que observó su reloj. Eran casi las cinco de la tarde, lo cual significaba que la clase estaba a punto de terminar.



-   Bueno, será todo por hoy –dijo el maestro para sí mismo mientras se detenía en el centro del salón.



El profesor volvió a mirar su reloj, cuando una voz irrumpió la paz que imperaba en el aula.



-   Maestro… ya… ya terminé mi cuadro –dijo Rodrigo, uno de los alumnos más destacados que el maestro Mario había tenido la oportunidad de conocer.



-  ¿En verdad? –preguntó el profesor mientras se acercaba a Rodrigo–. A ver, déjame ver. Muy bien, pues no se diga más, voltea tu lienzo para que todos puedan observarlo.



Entre Rodrigo y el maestro giraron el cabestrillo y todos sus compañeros fijaron su atención en aquella pintura. Era un retrato de alguien que bien podría ser Rodrigo con unos años más encima.



-  Háblanos de tu cuadro Rodrigo –lo invitó el profesor mientras cruzaba los brazos y adoptaba un aire de concentración.



-   Bien –comenzó a explicar Rodrigo–, el hombre que ven aquí es mi padre. Decidí pintar su retrato dado que mañana harán tres años desde que murió.



Aquella última frase hizo que a Rodrigo se le quebrará la voz. A pesar del tiempo transcurrido, aún no había superado la pérdida de su padre. Y después de tomar un poco de aire, continuó diciendo;



-  Él murió cuando yo tenía 10 años y tomé como base esta imagen –y al decir esto, sacó una pequeña foto que tenía en la bolsa de su camisa–, fue la última que mamá le tomó.



-  Hazla circular por favor –le pidió el maestro mientras se colocaba justo en frente al cuadro para comenzar su explicación–. Cuando puedan observar la fotografía, miren bien el brillo en los ojos de ese hombre –señaló el profesor mientras miraba el cuadro–, su sonrisa, su cabello, la forma de su rostro, el brillo en sus ojos, en fin… todo esto creo que ha sido muy bien plasmado por Rodrigo en su obra.



Y después de la explicación, la clase terminó oficialmente. Rodrigo, luego de recibir muchas felicitaciones de parte de sus compañeros y del profesor Mario, tomó el cuadro, lo colocó en una esquina para dejarlo ahí a secar, sacó su celular y le tomó una foto para mostrársela a su mamá, se colgó la mochila y partió hacia su casa.



Aquella tarde Rodrigo se sentía particularmente nostálgico. Harían tres años ya de que su papá perdió esa cruenta lucha que sostuvo contra el cáncer por casi ocho meses y aún le parecía que no tenía más de un par de días cuando lo vio por última vez. Su mamá se sentiría orgullosa por el cuadro pintado, tal vez hasta derramaría unas lágrimas de alegría, pero Rodrigo estaba listo para aquel momento. A cada paso que daba hacia su casa, sentía que la emoción lo embargaba más y más. Volvió a sacar su teléfono y miró la fotografía que había tomado. Sin duda, él era muy parecido a su padre.



-  Creo que en unos años seré igualito a ti papá –pensó para sí mismo mientras daba la vuelta en la esquina de su calle. 



Ya no le restaba más que unos metros para llegar a casa, cuando de repente se detuvo por algo que llamó su atención. Delante de él, a no más de un metro, había una persona parada. Rodrigo se detuvo súbitamente por la impresión y casi tira el teléfono. No tardó mucho en darse cuenta que esa persona era su prima, Fernanda, con quien más había convivido desde la muerte de su papá.



- “Fer”, que susto me diste –dijo Rodrigo mientras guardaba su teléfono–. ¿Qué pasa “Fer”? ¿Por qué lloras?



-  ¡Ay, Rodrigo! No sé como explicártelo –respondió ella mientras comenzaba a llorar.



Rodrigo se aproximó a su prima, la sujetó de los brazos y la volvió a interrogar. Ella respiró hondo, lo miró a los ojos y entonces se lo dijo. Él no le podía creer, se sintió desfallecer y habría caído al piso, de no ser porque Fernanda lo sujetó. Rodrigo salió corriendo hacia la puerta de su casa, ella trató de detenerlo, pero no pudo hacer nada. Sin embargo, al entrar él fue detenido por su tía Susana, la mamá de Fernanda, quien lo abrazó, lo sujetó con todas sus fuerzas y le dijo…



-  Tranquilo mi amor… tranquilo…



-  ¡Déjame! Tengo que verla… tengo que ayudarla –gritó Rodrigo mientras forcejeaba con su tía.



-  Ya es tarde cariño –le respondió Susana–, ella ya no está aquí.



-  ¡No es cierto… no es cierto! Mamá me espera para cenar. Déjame pasar…



Entonces Susana tomó a Rodrigo por los hombros, lo sacudió un poco y le habló con fuerza…



-  ¡Hijo! Por favor… no lo hagas más difícil –dijo Susana con la voz quebrada.



Rodrigo miró fijamente a su tía, como tratando de comprender. Luego se aferró a ella, deseando que aquello fuera un sueño, un horrible sueño del cual iba a despertar, pero no… no era así. Fernanda se acercó también y se abrazó a los dos. No podía creer que justo en aquel día pasara eso. No podía creer que Rodrigo ahora perdiera también a su mamá. Simplemente, no era justo.







II



Tres golpes se dejaron oír en la puerta de aquella habitación, pero nadie contestó. Entonces, Fernanda abrió la puerta muy despacio y entró. Aquel lugar se había convertido en una mezcla de estudio y dormitorio. Ahí, Rodrigo tenía algunos cuadros que ya había pintado y otros que había realizado desde que su madre fue asesinada. Su tía Susana y Fernanda se habían mudado con él y lo cuidaban. Él ya no iba a la escuela ni a las clases de pintura, se había convertido en una especie de ermitaño.



Por más que su tía y su prima insistían, Rodrigo ya casi no salía a la calle, no hablaba con nadie, más que con ellas. Cuando no estaba pintando algún cuadro, estaba durmiendo sobre su cama, siempre destendida, o sentado en el descansabrazos del love sit que tenía puesto junto a la ventana que daba a la calle, tal como Fernanda lo había encontrado ese día, sujetándose las piernas, con la cabeza puesta en sus rodillas y mirando hacia fuera. 



-  Rodrigo, aquí está lo que me pediste –dijo Fernanda mientras dejaba en una mesita la pintura que traía en las manos–. Si necesitas algo más, me avisas ¿sí?



En ese momento, ella pensó que sería mejor dejarlo sólo, pero no pudo evitar mirar el último cuadro que Rodrigo había pintado. Era una imagen muy tenebrosa de su casa vista desde el frente. La puerta estaba abierta y de ella salían tres grandes sombras, con ojos profundos y amarillos. Fernanda se puso en cuclillas para mirarlo mejor y entonces la sorprendieron las palabras de Rodrigo.



-  Son ellos –dijo sin dejar de mirar a la ventana–, son los tipos que la mataron.



Fernanda sintió que el corazón le daba un vuelco. Haría casi un mes de que su tía, la mamá de Rodrigo, había sido encontrada sin vida en su casa. Todos los testigos habían dicho que vieron a tres hombres salir corriendo de la casa. Y eso era lo que Rodrigo había plasmado en esa, su última obra.



-  Está bien Rodrigo –dijo Fernanda sin pensar–, tienes que expresar lo que sientes.



- ¿Está bien? “Ja” –respondió Rodrigo, casi para sí mismo–. Nada está bien.



Fernanda se puso de pie y lo miró. No sabía que decir o que hacer, así que comenzó a caminar hacia la puerta, para dejar a Rodrigo a solas, cuando lo escuchó decir…



-  ¡Qué horrible paisaje! ¿No?



-  ¿Cómo? –preguntó Fernanda mientas se acercaba un poco hacía él, pero no obtuvo respuesta.



En lugar de eso, Rodrigo se levantó súbitamente, lo cual hizo que Fernanda se asustara. Entonces, él comenzó a quitar sin cuidado un par de cuadros que tapaban la pared que estaba junto a la ventana.



-  Rodrigo, vas a romper tus cuadros, no los avientes –dijo Fernanda un poco preocupada–. ¿Qué haces?



-  Tranquila –le respondió mientras pasaba un trapo sobre la pared ya libre de cuadros–, es sólo que a este cuarto le falta otra ventana.



En ese momento, Rodrigo tomó su paleta, su pincel y comenzó a pintar. Parecía casi hipnotizado, incluso daba la impresión de haberse olvidado de la presencia de Fernanda. Y comenzó a pintar. Su prima, por su parte, dejó la habitación y volvió un par de horas más tarde con la cena, pero Rodrigo no comió nada esa noche. Susana y Fernanda le insistieron hasta el cansancio, pero él no accedió, ni siquiera puso atención a sus súplicas. Entonces su prima decidió quedarse ahí a pasar la noche y ocupó el sillón para observar a Rodrigo.



Él había pintado un gran cuadro en la pared, el cual comenzaba a ras del piso y tenía casi dos metros de alto y de ancho. En el paisaje que estaba plasmando había un gran bosque al cual el otoño había llegado, lleno todo de hojas cafés, con un lago que corría de izquierda a derecha, con un cielo brillante que contenía algunas nubes. Había un pequeño bote junto al lago e incluso había una pequeña mariposa que alegraba más la imagen. Aquel lugar era un paraíso, definitivamente.



A Fernanda, por su parte, le ganó el cansancio como a eso de las tres de la mañana. Cuando se quedó dormida, el paisaje estaba más o menos a la mitad. Y para cuando despertó, a las ocho y media, estaba ya casi completo. Rodrigo había trabajado gran parte de la tarde anterior, toda la noche y ya entrada la mañana. Y aún así, parecía estar bien, no se veía cansado, pintar le transfería una energía que le permitía seguir pintando con la misma intensidad con la que había dado el primer pincelazo.



-  Vaya primo, que hermoso está –dijo Fernanda mientas se ponía de pie para desembarazarse–, oye, voy a hacer de desayunar, anoche no comiste nada.



Y pese a sus palabras, no encontró respuesta por parte de Rodrigo, él seguía como hipnotizado, perdido en su pintura, en enriquecer cada pequeño detalle que parecía no cumplir sus expectativas. Fernanda decidió llevarse la bandeja con la cena y preparar algo de desayunar, para traérselo a su primo.



Así lo hizo y al volver se sorprendió y se enterneció a la vez con la escena. Rodrigo yacía tirado en el piso frente al cuadro, dormido profundamente en posición fetal. Además, ella notó que él había agregado un último detalle a su pintura. Ese gran paisaje tenía “sobrepuesta” una ventana. Rodrigo había pintado un gran marco alrededor de la pintura y unos tablones a través de ella. Era como una gran ventana de madera que había sido puesta ahí para que la belleza de aquel paisaje no se escapara hacia nuestra realidad.



Fernanda pensó seriamente en despertar a Rodrigo para que comiera algo, pero después de pensarlo mejor, tomó una cobija de la cama y se la puso encima.



-  Mejor no lo molesto –dijo mientras salía del cuarto con la charola del desayuno en las manos–. Pero volveré más tarde, este niño tiene que comer algo.



Y dicho esto, salió de la habitación, descendió por las escaleras y dobló a la derecha para entrar en la cocina, donde estaba Susana esperándola para desayunar. Al entrar, su mamá le preguntó;



-  ¿Y Rodrigo? ¿Comió algo?



-  Nada, se quedó dormido mientras preparaba el desayuno –respondió Fernanda mientras se sentaba en un banco del desayunador, frente a su mamá.



-  Bueno, pues ni hablar, desayunemos tú y yo. Oye… ¿Y el azúcar?



-  ¡Oh! Creo que lo dejé arriba en el cuarto de Rodrigo –dijo Fernanda mientras se levantaba el banco–, pero ya voy por él, ahora vuelvo.



Así, Fernanda salió de la cocina, dobló a la izquierda y comenzó a subir las escaleras cuando, de pronto, una corriente de aire la hizo estremecer. Luego, se detuvo al observar que bajo sus sandalias había algunas hojas secas que se iban quebrando conforme avanzaba. Fernanda levantó la mirada y se dio cuenta que los escalones que le faltaban por subir estaban llenos de hojas. Ella no daba crédito a lo que estaba observando.



En ese momento, la puerta de la habitación de Rodrigo, que estaba entreabierta, se azotó, lo que hizo que Fernanda se alterara y saliera corriendo hacia el cuarto. Al abrir la puerta, Fernanda notó que algo en la pintura había cambiado, algo no estaba tal como ella lo recordaba antes de bajar las escaleras hacía no más de un par de minutos… la ventana que Rodrigo había pintado en la pared estaba “abierta”.



- ¿Rodrigo?... ¿Dónde estás? –preguntó Fernanda mientras entraba al cuarto.



Y al estar justo en el centro de la habitación, la chica no podía dar crédito a lo que estaba mirando. La fuerza se le fue de las piernas, cayó sobre la cobija que le había puesto a Rodrigo y continuó arrastrándose por el piso para alejarse de la pintura al darse cuenta que en la ella había algo más… Rodrigo yacía en la misma posición fetal, pero ahora él formaba parte de aquella gran pintura en la pared.



Rodrigo había conseguido finalmente escapar de este mundo y dejar todo atrás. La ventana que había pintado le sirvió de escapatoria para dejar sus penas y sus tristezas en este, nuestro lado de la ventana.



Fin.

miércoles, 1 de junio de 2011

Carta sin destinatario.

31 de mayo del 2011.



Hoy, al despertar, en lo único que podía pensar era en regalarte una poesía. Recurrir a la métrica para olvidarme de la estética al intentar enamorarte esta noche, al intentar sentir tu calor. Sin embargo, las musas que inspiraron a Alighieri, a Neruda, Bécquer y Darío son ingratas con quienes sin merecerlas, pretendemos poseerlas, para hacernos de su ternura y así obtener el favor de su inspiración.

Sin embargo, eso no ha sido limitante para plasmar lo que en este instante siento por ti. Y quiero así cantarte, entregarte lo que soy y esperar que sea suficiente para ti. Es ésta, también, la oportunidad de recordarte que yo a cambio nada te pido. Que si me lo pidieras, yo el mundo pondría a tus pies, tan sólo por una mirada, por una caricia… por un suspiro.

Quiero pedirte que nunca olvides, que siempre tengas presente en tu corazón, que nunca podría encontrar tesoro suficiente para agradecerte por todas las ocasiones en las que me has devuelto la razón, la cordura y las ganas de seguir… que eres tu quien puede apaciguar a este enardecido guerrero con sólo un susurro emitir.

Al igual, debo agradecerte porque tantas veces me has visto caer y sufrir, pero en cada una de esas ocasiones me has hecho volver a sentir que no todo está perdido, que siempre habrá algo más que nos motive para seguir. Me has gritado a la cara más de una vez sin tu garganta herir que aunque el camino sea doloroso, tu ternura me podrá siempre redimir. 

Yo te ofrezco mi vida, te la entrego sin condición, tú has con ella lo que quieras, no tengas pendiente, tampoco preocupación, ya que estoy consciente que en este viaje no tengo el viento a favor y a pesar de ello, apostaré en el juego, creyendo que no seré perdedor.



“Muy bien, llamas bailarinas, ustedes que me dan su calor, yo pondré estas letras en sus manos, porque sé que harán con ellas lo mejor… yo confió y comprendo que aunque los poemas fueron hechos para recitarse y las melodías para entonarse… bueno, tal vez con esta carta deba haber una excepción”.

martes, 8 de marzo de 2011

Misha.








A Gussy y Laika, dónde quiera que estén. 



La mañana está fría, sin embargo el sol comienza a despuntar. Ya casi son las siete de la mañana, la misma hora a la que día tras día he llegado a casa para realizar la misma rutina. Primero, atender y pasear un rato a Misha, nuestra perra Labrador, después desayunar y dormir un rato. Lo que me motiva es que ésta será una noche diferente, especial. Y cómo no lo sería, si hoy celebramos nuestro aniversario de bodas.



Aún no puedo creer que hayan pasado tan sólo cinco años desde que nos casamos. Sé que sonará a frase trillada, pero en verdad el tiempo ha pasado muy rápido desde que estás a mi lado. Ha sido maravilloso para mí poder despertar cada día recibiendo un beso tuyo, con tu mano colocada sobre mi pecho para después escucharte susurrar en mi oído dulcemente un “ya despierta, flojo, o se te va a hacer tarde”. Y ello por mencionar sólo uno de los miles de detalles que a diario tienes para conmigo, los cuales creo que jamás acabaré de agradecer y de corresponder como te lo mereces.



Y aquí estoy, por fin, frente al gran portón negro de nuestra casa, de nuestro hogar. Me estaciono y presiono el control remoto para poder entrar. Ya adentro, bajo del auto y al acercarme a la siguiente puerta que da a la sala, llave en mano, la escucho ladrar. Misha. Sé que está, como cada mañana, esperando a que esta vez llegues conmigo, pero eso no pasará, no hoy. Al entrar, lo primero que recibo son gemidos de alegría que se detienen cuando ella se da cuenta que nuevamente llego sólo a casa.



Me acerco a la mesita que está en el centro de la sala y dejo las llaves para luego tumbarme en el “lovesit”. Vaya nombre para un mueble que, en mi caso, carece de belleza sin ti aquí. No obstante, Misha se encarga de ocupar ese lugar desierto junto a mí siempre que tiene la oportunidad. Pobre, ha estado tratando de llamar mi atención, pero no lo había conseguido. Tiempo atrás le hubiera ordenado que se bajara, pero no, hoy no. Y dada la libertad que le confiero, pone su cabeza en mi regazo y se queda ahí mirándome, como demostrando que sabe que ocurre. Podría jurar que noto la tristeza que hay en sus ojos. Y mientras le froto el lomo le digo “hoy no vendrá amiguita… pero pronto, ya verás”. Una lagrima rueda por mi mejilla y ella me mira fijamente. ¿En verdad comprenderá? No lo sé.



Misha siempre ha sido más tuya que mía, pero en todo este mes que no has estado aquí ha sido una gran compañía para mí, creo que comenzamos a entendernos mejor. Ahora, llega el momento del paseo, tras lo cual desayuno para luego irme a acostar. Como siempre, ella espera a que esté medio dormido para introducirse entre las sábanas. Lo hace muy lentamente, con un movimiento pausado, aunque constante, como si estuviera tras una presa o escabulléndose entre la maleza. Y así avanza hasta quedar acostada junto a mí. Yo, sin abrir los ojos, siento su respiración cerca de mi mejilla dado que me acerca su nariz sin llegar a tocarme. Luego pone su cabeza sobre mi pecho y al fin los dos tratamos de dormir.



Aunque afuera el sol brilla magníficamente y hay gente que va por aquí y por allá en toda la avenida en la que vivimos, en mi habitación, perdón… en nuestra habitación reina la penumbra que me abraza para ayudarme a dormir. Y así comienzo a soñar y en mis sueños estás tú. Sueño que te miro mientras entras a la habitación, vestida toda de blanco, caminando tranquilamente, en medio de una luz extraña y cálida a la vez, la cual me llena de paz. Me enderezo un poco y de mis labios se escapa un suspiro. No quiero perder la oportunidad de que sepas cuanto te he extrañado, pero no sale sonido alguno de mis labios. Tú esbozas una sonrisita y yo estiro mi mano hacia ti. Pero algo rompe el encanto del momento y tu expresión se vuelve confusa y triste. Te miro bien y percibo que algo pasa. Lloras. Sí, es eso, estás llorando. Te llevas las manos al pecho y las unes, en ese gesto único que preside a una plegaria. Inclinas de lado tu cabeza, intentas sonreír de nuevo y me dices que todo va a estar bien. “Yo voy a estar siempre a tu lado, amor”.



Ring, ring.



El teléfono suena y me hace volver a la realidad. Aturdido, envuelto en sudor, me enderezo, estiro mi brazo hacia el teléfono e intento contestar, pero el auricular pesa una tonelada, lo cual dificulta la operación. Antes de acercar el aparato por fin a mi oído, volteo a ver a Misha.



- ¿Tu también la viste? – le pregunto, con la voz casi apagada, tras lo cual sólo obtengo una mirada inexpresiva. Para ese momento casi me había olvidado de que había alguien en la línea, pero tenía que comprobar si ese “alguien” seguía ahí.



- Marcos… ¿estás ahí? – e inmediatamente reconozco la voz de tu mamá que llama desde el hospital.



- Si, aquí estoy – le respondo como por reflejo y con el corazón en la mano, esperando que sean buenas noticias las que tiene, sin embargo, la esperanza se me muere ahí, sentado en la cama, cuando ella comienza a llorar. No tiene que decir más, simplemente termino la conversación diciéndole:



- Voy para allá.



La habitación me parece mucho más grande y oscura de lo que en verdad es. Trato de alcanzar el apagador de mi lámpara de noche, pero el esfuerzo es en vano. Así, abrazado por la penumbra que causan las gruesas cortinas que están corridas, comienzo a asimilar lo que pasa y las lágrimas, inevitablemente, comienzan a surgir. Misha se coloca en mi regazo y yo la abrazo fuertemente mientras ella, a modo de consuelo, lame las lágrimas de mis mejillas, como si con eso me fuera a hacer sentir mejor.







II



Intento tomarme unos instantes para “digerir” la noticia, pero soy consciente de que “unos instantes” no me bastarán para eso y que tengo mucho que hacer, así que me levanto y tomo el traje negro, ese que colgué hacía una semana en la puerta del closet pensando que lo usaría cuando salieras del hospital. Aunque debo señalar que obviamente esperaba que salieras de ahí con vida. Después le pongo la pechera a Misha y meto tu vestido azul, ese que tanto te gustaba, en el auto. Ya está dispuesto todo para poder dirigirme hacia el hospital. Me consuela pensar que ésta ha sido, tristemente, la única manera en la que te has liberado de todo tu dolor, de esta manera ya no sufres más y ahora estás mejor en el lugar al que has ido, donde quiera que eso sea.



Pienso en la mañana en la que ocurrió aquel fatídico accidente. Aquella mañana en la que tuviste que viajar hasta Toluca por cuestiones de trabajo. Yo te sugerí que viajaras en autobús, pero no logré convencerte. ¿Sabes? Siempre cargaré con ello en mi corazón… si tan sólo te hubiera insistido un poco más… en fin, no podríamos saber que esto pasaría. Tres horas después de que te fuiste, sonó el teléfono de mi oficina. Esa mañana estuve inquieto desde tu partida, incluso dejé que el teléfono sonara un par de veces, como presintiendo que lo que recibiría sería una mala noticia y sí, así fue. Quién llamaba era un paramédico de la Cruz Roja. Él me dijo que un imbécil en estado de ebriedad chocó contra tu auto. Estuviste ocho días en terapia intensiva, después entraste en coma y ahora, después de un mes, descansas por fin en paz. 



Estoy deshecho, en verdad desecho. No sé que me mantiene en pie. Llego al hospital y al primero que veo es a tu hermano menor. Tan sólo veintidós años y tiene que vivir ya una experiencia tan difícil como esta.



- No es justo que nos pase a nosotros - me dice mientras me abraza fuertemente y comienza a llorar - ¿por qué ella?



Y no soy capaz de responder a su pregunta. No. ¿Cómo podría dar una respuesta que yo mismo demando obtener?



Misha permanece ahí junto a nosotros y lo único que hace es mirarnos fijamente. Sin embargo, le ordeno que vuelva al auto ya que no puede entrar al hospital, tendrá que esperar aquí hasta que estemos en la funeraria.



Así, me llega el momento de “reconocer” tu cuerpo. ¡Qué trámite tan estúpido! ¿Acaso el doctor piensa que todo este tiempo he estado visitando a alguien a quien no conocía? El colmo de los absurdos, pero “es necesario”, dice el doctor. Entonces miro tu rostro, te ves tan en paz, tan serena postrada en esa cama. Tomo tu mano y me acerco hasta tu oído para susurrarte unas palabras:



- Sé que fue cierto, cariño – te digo mientras espero ingenuamente tener una respuesta tuya –sé que fuiste a decirme adiós entre sueños.



Ya en la funeraria, comienza a llegar la gente poco a poco. Misha no se ha apartado de junto a tu féretro, a veces se sienta, otras tantas se hecha, pero no se aparta de ahí. Yo he estado de aquí para allá, recibiendo el pésame, hablando con tus hermanos, escogiendo el mejor lugar para colocar las flores que llegan… en fin, haciendo todo lo que un viudo debe hacer. Siempre he odiado este tipo de lugares ¿sabes? Pero ahora, ahora más que nunca, siento una repulsión total hacia ellos.



Hay mucha gente aquí, muchos murmullos en toda la sala. Gente que sentada en los sofás de piel me miran mientras murmuran. ¿Qué cosas se dirán? ¿Les causará morbo el qué haré de mi vida a partir de mañana, cuando te pongamos bajo tierra? Para no poner atención a esos cuchicheos centro mi mirada en uno de los cirios que rodean tu ataúd y los sonidos de alrededor se van haciendo más y más tenues. Entonces, me transporto hasta el último momento en que estuvimos juntos antes de tu accidente. Estábamos los dos de pie en la banqueta, tu tan bonita como siempre, de traje sastre oscuro y zapatos altos, tu cabello suelto y casi sin maquillaje. Yo, como siempre, en jeans, una playera y tenis, además sin rasurar. Luego me abrazaste y me dijiste “te amo”. Te subiste y arrancaste el auto sin dejar de mirarme por la ventanilla. Cada recuerdo que viene hasta mi me desgarra el corazón, me hiere profundamente y me hace sollozar otra vez. Busco refugio en una silla de madera que está puesta en un rincón, lejos de la entrada y casi de frente a tu ataúd. Y ahí me quedo hasta que el sueño me vence.







III



Y luego de la tormenta… ¿la calma? La verdad es que hoy no pienso que eso sea totalmente verdad. O es más bien relativo porque… ¿a que le debo llamar calma? ¿A que ya no me lloro más? No creo, sin embargo es lo que la gente dice hoy, a unos cuantos días de tu entierro… que me veo más tranquilo. Por mí, que digan lo que quieran, en verdad no saben cómo me siento por dentro.



Hoy es la última misa, el novenario. Ya sabes que yo no soy muy creyente que digamos, pero tu mamá ha organizado todo y yo la verdad no podía faltar, no quería faltar.



El padre termina el ritual y nos dice que “podemos ir en paz”. Yo, aún de pie frente a la imagen de la virgen y la fotografía que te tomé cuando estuvimos en Paris, siento que me derrumbaré. Mi madre me abraza y me dice sin palabras que todo estará bien. Y la pobre Misha, también está ahí, pegada a mi pierna sin hacer ruido, sin dar molestia. Te juro que podría afirmar que la he visto llorar. Mi madre está aún de pie junto a mí, tratando de animarme y yo para no hacerle el desaire me hago el fuerte, aunque en verdad no lo soy.



La gente comienza a marcharse. Mi madre y tus padres insisten en que debo irme con alguno de ellos a vivir por un tiempo, a lo cual yo me niego rotundamente. Ninguno de ellos tiene espacio para Misha, no puedo hacerle algo así. No puedo deshacerme de ella. No, de eso ni hablar. Los convenzo de que estaré bien y entonces me retiro del lugar. Subo a mi auto, Misha me acompaña en el asiento del copiloto. La miro fijamente y ella pone su pata sobre mi pierna.



- Será difícil la vida sin ella, amiga – le digo mientras enciendo el auto - pero… no nos queda más que continuar.



Mientras voy manejando comienzo a pensar en qué debo hacer con tus cosas. No lo sé aún. Tal vez pase un tiempo sin poder deshacerme de ellas… ¿Qué sé yo?



Bien, no es la primera noche que paso sin ti, mi adorada esposa, a mi lado, aunque si es la primera en la que tengo la certeza de que ya jamás volverás. Al llegar a casa, lo primero que noto es el gran vacío que has dejado aquí. La casa no es la misma sin ti… yo no soy el mismo sin ti. ¡Qué tormento! ¡Qué castigo tan cruel es estar sin ti! Me doy una vuelta por el que fuera tu estudio antes de ir a la habitación. Observo todo el lugar y me detengo en tu escritorio. El último libro que adquiriste está aún ahí, abierto de par en par. Una bella edición de Fausto. Me acerco, la tomo y leo un fragmento en el que Fausto le pregunta al mismo demonio “¿Qué podrás darme tú, pobre diablo?... ¿Qué es lo que ofreces?... Una muchacha que, abrazada a mi pecho, ya guiña el ojo y se entiende con el más cercano…”.



- Vaya – exclamo para mis adentros -  yo también le vendería mi alma al demonio ahora mismo con tal de poder ver una última vez tu sonrisa.



 ¿Por qué es tan injusta la vida? ¿Por qué se tiene que ir la gente buena? Noto que una lágrima cae sobre las hojas de aquel libro, así que mejor lo dejo y me dirijo a mi habitación para dormir, o al menos para intentarlo.



Sólo me quito los zapatos y me recuesto.  Antes de apagar la luz miro esa foto donde estamos los dos, en nuestro viaje a Toronto. Abrazados y cubiertos de nieve. Ese gorro que yo traía nunca te agradó. “Es horrible, pareces un vago con él, pero si a ti te gusta, pues ni modo”. Recordar eso me hace sonreír. No por la foto, ni por el gorro, sino por la forma en la que me regañabas. Siempre comenzabas siendo enérgica y terminabas por consentirme y aceptar mis caprichos. Caray, en verdad que no habrá jamás otra como tú. Tomo la fotografía y me acuesto. Me arropo y pongo la foto sobre mi pecho. En el momento, imagino que no podré conciliar el sueño, pero el cansancio y la tristeza mezclados suelen ser un gran “coctel” para dormir, cuando menos algunas veces.



Ya estoy medio dormido, cuando escucho el tintineo del collar de Misha entrar en la habitación, entonces, sin abrir los ojos, me doy cuenta que su ritual para entrar en la cama no cesará. Como siempre, ella espera éste momento en el que ya estoy medio dormido para introducirse entre las sábanas. Lo hace muy lentamente, con un movimiento pausado, aunque constante, como si estuviera tras una presa o escabulléndose entre la maleza. Y así avanza hasta quedar acostada junto a mí. Yo, sin abrir los ojos, siento su respiración cerca de mi mejilla dado que me acerca su nariz sin llegar a tocarme, pero esta vez algo diferente ocurre, algo que hace estremecer mi corazón y mi razón, pues escucho una voz que me es familiar y me dice “lo ves, te prometí que siempre estaría a tu lado, mi amor”.