Por Víctor H. Valencia Vivas.
“One short sleep past, we wake eternally,
And death shall be no more; Death, thou shalt die.” *
Death, be not proud (Holy Sonnet 10) / John Donne.
Siempre me pregunté cómo sería esto, los últimos instantes de mi vida, la vi pasar delante de mis ojos, podía escuchar el latido de mi corazón, sentía como ese golpeteo se iba haciendo cada vez más lento y débil, trataba de mover mi cuerpo, pero noté que no me respondía, el aire comenzaba a sentirse tan denso como el agua cuando trataba de inhalar un poco y mientras… ellos estaban allí… fijamente puestos sobre mi… esos ojos del color de la noche observaban como mi vida se apagaba, esperaban ansiosamente que tomara mi último aliento y dejara de resistirme, que simplemente me dejara morir por ese veneno de ira que fluía por todo mi cuerpo. ¿Quién diría que mi existencia acabaría así?
Todo comenzó hacía unos días. Después de mucho trabajar, tuve vacaciones en la primaria donde era profesor y en la universidad donde estudiaba. Sin perder ni un minuto, el día en que me despedí de los pequeños y me dieron mis calificaciones en la escuela, volví a casa para recoger mis maletas e irme a visitar a mis padres y a mi hermano. Les llamé y sin nada más que hacer me dirigí a la central de autobuses para tomar el primer camión que encontrara hacia Querétaro.
Adoraba ir a visitarlos, casi no los veía así que no perdíamos oportunidad en estar reunidos y poder ir aquí y allá. La casa donde ellos vivían era hermosa, con un modesto pero hermoso jardín al frente y una hermosa vista del atardecer. Además de estar con ellos, cada vez que iba yo a ese bello Estado, me gustaba salir a tomar fotos de animales silvestres, de iglesias, en fin… de tantas cosas, ya que la fotografía era mi gran pasión. Después de seis días con mi familia, recibí la llamada de una de mis pequeñas alumnas de 1°, Laura. Me llamó para invitarme a su fiesta de cumpleaños que sería al día siguiente. Entonces, acordé con mi familia que al otro día saldría de vuelta para la Ciudad de México y que ellos irían un par de días después para que visitáramos a los abuelos.
Mi padre había salido al jardín a regar sus plantas en la última noche que yo pasaría con ellos, cuando, de repente, me llamó.
- ¡Ven, corre y trae tu cámara! –gritó–, pero no pierdas tiempo, que tu modelo se irá.
Cuando salí, pude ver en el piso un alacrán en medio de la losa. Se quedó inmóvil debido a la presencia de mi papá.
- Vaya, nunca había visto uno de estos tan de cerca –murmuré mientras le quitaba el tapón al lente de la cámara–. ¿Y no son venenosos? –pregunté al tiempo que caminaba cautelosamente hacia esa cosa.
- Pues sí, pero no te preocupes, simplemente no te acerques mucho –respondió mi padre sin quitarle la mirada de encima–. Es el macho, porque la hembra es de otro color.
Logré tomar un par de buenas fotos de aquel ser, pero después de unos instantes, comenzó a moverse rápidamente hacia mi padre, pero él le apunto con la manguera con la que estaba regando las plantas y lo lanzó hacía mi con el chorro del agua. Yo, entre el miedo y la emoción, no pude hacer nada más que aplastarlo con la suela de mi zapato. Y ese fue su fin. ¿Y su única culpa? Haberse atravesado por donde mi padre se encontraba.
Después, entramos a la casa y mi papá nos dijo a mi hermano y a mí:
- ¿Saben? Deberíamos salir a buscar a la hembra, esas cosas siempre andan en pareja, supongo y el otro debe andar por ahí.
Sacó una linterna y salimos los tres al jardín, sin embargo, en cuanto salimos logré ver que el otro alacrán estaba atravesando la calle y después, literalmente, se lanzó hacia la corriente de un pequeño rio que pasa junto a la casa. Había comenzado a llover, así que decidimos olvidarnos del asunto y volver adentro.
Esa noche tuve una pesadilla, fue la noche más horrible que jamás haya tenido. En mi sueño, estaba en medio de un bosque, temblando de frio y bajo la lluvia. Entonces, un alacrán, casi tan largo como una de mis piernas, salió de entre los arbustos. Estaba no muy lejos de mí, con su mirada fija, ver sus ojos era como sentir carbones ardientes a punto de tocar mis parpados. Movía sus tenazas de un lado al otro, lento, muy despacio y apenas tocando el piso. De repente y sin dar aviso, se lanzó hacia mí, me tomó del brazo derecho, tiraba de él y me apretaba tan fuerte que creí que me lo arrancaría. Entonces, comenzó a jalarme hacia un río, con la otra tenaza sujetó mi pierna izquierda, sabía que tenía tantas oportunidades de liberarme como las que tiene un pequeño animal cuando es aprisionado por un cocodrilo… ninguna.
Caímos juntos en la corriente y nos perdíamos en lo turbio de aquellas aguas. Desperdiciaba el poco aire que había en mis pulmones tratando de dar gritos de horror que nadie escucharía. Golpeaba su cabeza con la mano que tenía libre, pero todo esfuerzo por librarme era en vano. ¿Por qué no me acababa con su gran punta letal en un solo instante?
Mi cabeza estaba confundida entre las vueltas que dábamos debido a la corriente. Por un instante no supe de mí, hasta que me di cuenta de que aquel animal estaba tratando de hacer más grande la distancia entre sus tenazas. Comenzó a estirar en direcciones opuestas mis miembros que aún tenía aprisionados. El dolor era intolerable e interminable también. Un pequeño estruendo y después la corriente que nos arrastraba se había teñido de rojo. Mi pierna había sido separada del resto de mi cuerpo por aquel monstruo. El dolor fue tan intenso que me hizo despertar y caer de la cama sobre la que yacía, en la habitación de mi hermano. Me llevé las manos a la pierna que había perdido en esa pesadilla. Estaba fría, adolorida y el resto de mi ser trataba de convencerse de que había sido solo un horrible sueño y nada más.
Eran ya las 8 de la mañana cuando desperté y ya no había nadie más que yo en la casa para entonces. Me levanté y me miré al espejo. Llevaba el color del miedo en mi rostro, color que se mezclaba entre un tono negro en el contorno de mis ojos y la palidez en mis mejillas del que ha visto a la muerte y se ha codeado con ella de cerca. Horrible sensación, aunque finalmente, ese ser maltrecho por un sueño muy real era yo. Pero no había tiempo para detenerme a pensar, no, esta vez no tenía el tiempo para pensar en mí mismo. Tenía un compromiso al cual llegar, Laura… y eso era todo.
Me metí en los pantalones, la playera perdería las arrugas en el viaje, me puse mi gorra y recogí mis cosas, tomé mi maleta, escribí una nota para mis padres y ya todo estaba listo para mi regreso a la ciudad. “Son las 8:15 am y acabo de salir hacia la terminal, les llamo en cuanto llegue, los quiero”, decía la nota. Al dejarla, me detuve un instante, con la mirada perdida y mi mente aún atormentada por el recuerdo de aquel sueño. ¿Había sido provocado por la culpa de haber matado a un insecto? ¿Y cómo podía yo saberlo? No debería haberle dado mucha importancia, es más, ni siquiera sabía si aquello era un insecto o un arácnido. Tomé las llaves y me dispuse a partir.
Al abrir la puerta que da al caminito de losa, la vi, estaba de pie, a unos cuantos metros de mi y al otro lado de la reja que daba a la calle. Me quedé impactado al observarla. Era una mujer con una piel blanca que parecía cubierta por la más fina arena del mar, con el brillo de dos esmeraldas en sus ojos y cientos de hilos de plata por cabello. Simplemente, estaba allí, desnuda y de pie. No pude evitar darle una mirada de curiosidad a su cuerpo, a sus pechos firmes y delicados, casi infantiles y que terminaban donde comenzaba aquel abdomen perfectamente formado y lleno de fuerza. Cuando finalmente logré romper su embrujo sólo pude preguntarle:
- ¿Estás bien? ¿Necesitas ayuda?
En ese momento, pude notar una mueca en su cara… una sonrisilla, sí, eso fue. Y cuando mi mirada se unió a la suya, un escalofrió me recorrió la espina dorsal.
Un instante después, ella sujetó la reja con sus delicadas manos y comenzó a sacudirla estrepitosamente, como tratando de derribarla. Yo retrocedí, pero choqué con el sillón que estaba detrás de mí y caí al piso, no muy lejos de la puerta. Ella continuaba sacudiendo la reja, sus frágiles brazos fueron lo suficientemente fuertes como para comenzar a doblar los barrotes de hierro que la mantenían a raya. Al darse cuenta de que no podía retirarlos, se detuvo y comenzó a escalar por la reja de tres metros y medio de alto, hasta que alcanzó la parte más alta que estaba rodeada de alambre de púas. Pero eso no fue impedimento para ella ya que arrancó el alambre de un golpe, con el mismo esfuerzo que un niño arrancaría los pétalos de una rosa y cual felino, se lanzó hacia el suelo. Logré incorporarme, traté de empujar la puerta para evitar que entrara. Cerca estuve de lograrlo. Sin embargo, ella cruzó los cuatro metros que nos separaban antes de que yo pudiera cerrar por completo. Fue como si un berserker[1] fuera quien quería entrar y no ese ángel endemoniado.
El impacto de la puerta me hizo volar unos metros por el aire y antes de que pudiera abrir los ojos, sentí sus manos en mi garganta. Me levantó del suelo con la misma intensidad con la que trató de derribar la reja. Me impactó contra una pared… ¿Qué era esto a lo que me enfrentaba? ¿De dónde provenía toda esta maldad que acompañaba cada uno de sus movimientos?
En el momento en que todo mi ser era ya presa del pánico y el desconcierto, ella comenzó a estremecerse. El aire no podía pasar más por mi contraída tráquea. Me esforzaba por liberarme de su mano. Mientras, unos ruidos provenían de detrás de ella. Primero, quebrar de huesos, tejido y piel rompiéndose al unísono, había sufrimiento en su rostro, pero parecía estarlo disfrutando. Y la muerte apareció detrás de ella, se hizo presente esa media luna y su punta majestuosa, afilada en la misma roca en la cual Átropos[2] afilaba sus tijeras. Una cola de alacrán que comenzaba en la cintura de aquel ser y así, inclinando su cabeza un poco de lado, no había nada que se interpusiera entre su aguijón envenenado y yo. Clavó la punta en mi pecho, por encima de su hombro, justo entre mi corazón, mis pulmones, mi tráquea y mi alma.
¡Qué sensación! No hubo dolor, sólo tuve una sensación cálida que se iba esparciendo lentamente por mis venas. ¿Entonces, con que así es como se siente morir?
- Pronto terminará todo –susurró en mi oído–. El odio que siento por ti me convirtió en lo que ves… y pronto marcaré el fin de tu vida, así como marcaste el de aquel ser cuya descendencia llevo ahora dentro de mí… yo también me iré… pero no importa porque… mi venganza… se ha… consumado.
Solo un suspiro duró el huracán, después me sentía como en el centro del mismo, donde por fin hay paz, pese a lo turbio de los vientos de alrededor. No había más dolor, ni miedo, ni nada que se le pareciera. Simplemente, estaba tendido en el lugar que fuera mi última morada.
En fin, es hora de partir. A fin de cuentas, si haré un viaje, pero como me gusta hacerlos, ligero, sin equipaje ni maletas, es más, esta vez ni siquiera mi cuerpo podré llevar.
Es extraño verme allí, tirado en medio de aquel desorden que esa criatura causó, con mi pecho destrozado y un pequeño alacrán encima de mí, con la vida abandonando su insignificante y pálido cuerpo. Pobrecilla, lo dio todo en un instante, convirtiendo toda la vida en ella en ese veneno mortal. ¿Y qué dirán mis padres y mi hermano cuando vuelvan a casa? ¿Quién les explicará lo que pasó aquí? ¿Quién le dirá a esa pequeña niña porqué no pude acudir a su fiesta de cumpleaños? Bueno, eso es algo de lo que ya no me puedo preocupar.
Mi destino ha sido marcado por el veneno del odio y ahora debo continuar mi camino hasta ese lugar dónde todas las almas se reúnen en el más allá. Debo empezar a recorrer mi última senda, esa que me fue otorgada a causa del amor, del odio y de la venganza.
* "Un corto sueño después, despertamos eternamente,
Y muerte no habrá más; Muerte, tu morirás."
[1] Gigante de la mitología escandinava que, poseídos por una incontenible furia durante la batalla, realizaban las proezas más extraoridnarias.
Y muerte no habrá más; Muerte, tu morirás."
[1] Gigante de la mitología escandinava que, poseídos por una incontenible furia durante la batalla, realizaban las proezas más extraoridnarias.
[2] Una de las tres parcas, diosas del destino de cada individuo. Cloto hilaba el hilo de la vida, Laquesis lo devanaba y Átropos lo cortaba.