lunes, 3 de octubre de 2011

La ventana.



I



La tarde estaba soleada en la ciudad, como solía estarlo siempre en Abril. En las calles, la cotidianeidad fluía al ritmo de toda la gente que iba y venía, que salía de los comercios o que entraba a los cines, gente que ponía atención al cruzar las calles tanto como ponía atención en no cruzar miradas con los demás. Todo afuera era movimiento, al contrario de lo que pasaba en el tercer piso de un viejo edificio cerca del centro de la Ciudad de México.



Ahí dentro no había prisas, no había presiones, no había tanto ruido como afuera. Todos y cada uno de los alumnos del curso de pintura estaban esmerándose en plasmar lo mejor posible sus ideas sobre el lienzo. El profesor Mario, como siempre, rondaba entre todos sus alumnos para supervisar el trabajo y dar en voz baja una felicitación o una orientación, según fuera el caso del alumno.



Todos ellos estaban colocados en un gran círculo, delante de sus lienzos, con sus paletas llenas de colores en una mano y el pincel en la otra. Y así el profesor caminaba y posaba su mirada de cuadro en cuadro, hasta el momento  en que observó su reloj. Eran casi las cinco de la tarde, lo cual significaba que la clase estaba a punto de terminar.



-   Bueno, será todo por hoy –dijo el maestro para sí mismo mientras se detenía en el centro del salón.



El profesor volvió a mirar su reloj, cuando una voz irrumpió la paz que imperaba en el aula.



-   Maestro… ya… ya terminé mi cuadro –dijo Rodrigo, uno de los alumnos más destacados que el maestro Mario había tenido la oportunidad de conocer.



-  ¿En verdad? –preguntó el profesor mientras se acercaba a Rodrigo–. A ver, déjame ver. Muy bien, pues no se diga más, voltea tu lienzo para que todos puedan observarlo.



Entre Rodrigo y el maestro giraron el cabestrillo y todos sus compañeros fijaron su atención en aquella pintura. Era un retrato de alguien que bien podría ser Rodrigo con unos años más encima.



-  Háblanos de tu cuadro Rodrigo –lo invitó el profesor mientras cruzaba los brazos y adoptaba un aire de concentración.



-   Bien –comenzó a explicar Rodrigo–, el hombre que ven aquí es mi padre. Decidí pintar su retrato dado que mañana harán tres años desde que murió.



Aquella última frase hizo que a Rodrigo se le quebrará la voz. A pesar del tiempo transcurrido, aún no había superado la pérdida de su padre. Y después de tomar un poco de aire, continuó diciendo;



-  Él murió cuando yo tenía 10 años y tomé como base esta imagen –y al decir esto, sacó una pequeña foto que tenía en la bolsa de su camisa–, fue la última que mamá le tomó.



-  Hazla circular por favor –le pidió el maestro mientras se colocaba justo en frente al cuadro para comenzar su explicación–. Cuando puedan observar la fotografía, miren bien el brillo en los ojos de ese hombre –señaló el profesor mientras miraba el cuadro–, su sonrisa, su cabello, la forma de su rostro, el brillo en sus ojos, en fin… todo esto creo que ha sido muy bien plasmado por Rodrigo en su obra.



Y después de la explicación, la clase terminó oficialmente. Rodrigo, luego de recibir muchas felicitaciones de parte de sus compañeros y del profesor Mario, tomó el cuadro, lo colocó en una esquina para dejarlo ahí a secar, sacó su celular y le tomó una foto para mostrársela a su mamá, se colgó la mochila y partió hacia su casa.



Aquella tarde Rodrigo se sentía particularmente nostálgico. Harían tres años ya de que su papá perdió esa cruenta lucha que sostuvo contra el cáncer por casi ocho meses y aún le parecía que no tenía más de un par de días cuando lo vio por última vez. Su mamá se sentiría orgullosa por el cuadro pintado, tal vez hasta derramaría unas lágrimas de alegría, pero Rodrigo estaba listo para aquel momento. A cada paso que daba hacia su casa, sentía que la emoción lo embargaba más y más. Volvió a sacar su teléfono y miró la fotografía que había tomado. Sin duda, él era muy parecido a su padre.



-  Creo que en unos años seré igualito a ti papá –pensó para sí mismo mientras daba la vuelta en la esquina de su calle. 



Ya no le restaba más que unos metros para llegar a casa, cuando de repente se detuvo por algo que llamó su atención. Delante de él, a no más de un metro, había una persona parada. Rodrigo se detuvo súbitamente por la impresión y casi tira el teléfono. No tardó mucho en darse cuenta que esa persona era su prima, Fernanda, con quien más había convivido desde la muerte de su papá.



- “Fer”, que susto me diste –dijo Rodrigo mientras guardaba su teléfono–. ¿Qué pasa “Fer”? ¿Por qué lloras?



-  ¡Ay, Rodrigo! No sé como explicártelo –respondió ella mientras comenzaba a llorar.



Rodrigo se aproximó a su prima, la sujetó de los brazos y la volvió a interrogar. Ella respiró hondo, lo miró a los ojos y entonces se lo dijo. Él no le podía creer, se sintió desfallecer y habría caído al piso, de no ser porque Fernanda lo sujetó. Rodrigo salió corriendo hacia la puerta de su casa, ella trató de detenerlo, pero no pudo hacer nada. Sin embargo, al entrar él fue detenido por su tía Susana, la mamá de Fernanda, quien lo abrazó, lo sujetó con todas sus fuerzas y le dijo…



-  Tranquilo mi amor… tranquilo…



-  ¡Déjame! Tengo que verla… tengo que ayudarla –gritó Rodrigo mientras forcejeaba con su tía.



-  Ya es tarde cariño –le respondió Susana–, ella ya no está aquí.



-  ¡No es cierto… no es cierto! Mamá me espera para cenar. Déjame pasar…



Entonces Susana tomó a Rodrigo por los hombros, lo sacudió un poco y le habló con fuerza…



-  ¡Hijo! Por favor… no lo hagas más difícil –dijo Susana con la voz quebrada.



Rodrigo miró fijamente a su tía, como tratando de comprender. Luego se aferró a ella, deseando que aquello fuera un sueño, un horrible sueño del cual iba a despertar, pero no… no era así. Fernanda se acercó también y se abrazó a los dos. No podía creer que justo en aquel día pasara eso. No podía creer que Rodrigo ahora perdiera también a su mamá. Simplemente, no era justo.







II



Tres golpes se dejaron oír en la puerta de aquella habitación, pero nadie contestó. Entonces, Fernanda abrió la puerta muy despacio y entró. Aquel lugar se había convertido en una mezcla de estudio y dormitorio. Ahí, Rodrigo tenía algunos cuadros que ya había pintado y otros que había realizado desde que su madre fue asesinada. Su tía Susana y Fernanda se habían mudado con él y lo cuidaban. Él ya no iba a la escuela ni a las clases de pintura, se había convertido en una especie de ermitaño.



Por más que su tía y su prima insistían, Rodrigo ya casi no salía a la calle, no hablaba con nadie, más que con ellas. Cuando no estaba pintando algún cuadro, estaba durmiendo sobre su cama, siempre destendida, o sentado en el descansabrazos del love sit que tenía puesto junto a la ventana que daba a la calle, tal como Fernanda lo había encontrado ese día, sujetándose las piernas, con la cabeza puesta en sus rodillas y mirando hacia fuera. 



-  Rodrigo, aquí está lo que me pediste –dijo Fernanda mientras dejaba en una mesita la pintura que traía en las manos–. Si necesitas algo más, me avisas ¿sí?



En ese momento, ella pensó que sería mejor dejarlo sólo, pero no pudo evitar mirar el último cuadro que Rodrigo había pintado. Era una imagen muy tenebrosa de su casa vista desde el frente. La puerta estaba abierta y de ella salían tres grandes sombras, con ojos profundos y amarillos. Fernanda se puso en cuclillas para mirarlo mejor y entonces la sorprendieron las palabras de Rodrigo.



-  Son ellos –dijo sin dejar de mirar a la ventana–, son los tipos que la mataron.



Fernanda sintió que el corazón le daba un vuelco. Haría casi un mes de que su tía, la mamá de Rodrigo, había sido encontrada sin vida en su casa. Todos los testigos habían dicho que vieron a tres hombres salir corriendo de la casa. Y eso era lo que Rodrigo había plasmado en esa, su última obra.



-  Está bien Rodrigo –dijo Fernanda sin pensar–, tienes que expresar lo que sientes.



- ¿Está bien? “Ja” –respondió Rodrigo, casi para sí mismo–. Nada está bien.



Fernanda se puso de pie y lo miró. No sabía que decir o que hacer, así que comenzó a caminar hacia la puerta, para dejar a Rodrigo a solas, cuando lo escuchó decir…



-  ¡Qué horrible paisaje! ¿No?



-  ¿Cómo? –preguntó Fernanda mientas se acercaba un poco hacía él, pero no obtuvo respuesta.



En lugar de eso, Rodrigo se levantó súbitamente, lo cual hizo que Fernanda se asustara. Entonces, él comenzó a quitar sin cuidado un par de cuadros que tapaban la pared que estaba junto a la ventana.



-  Rodrigo, vas a romper tus cuadros, no los avientes –dijo Fernanda un poco preocupada–. ¿Qué haces?



-  Tranquila –le respondió mientras pasaba un trapo sobre la pared ya libre de cuadros–, es sólo que a este cuarto le falta otra ventana.



En ese momento, Rodrigo tomó su paleta, su pincel y comenzó a pintar. Parecía casi hipnotizado, incluso daba la impresión de haberse olvidado de la presencia de Fernanda. Y comenzó a pintar. Su prima, por su parte, dejó la habitación y volvió un par de horas más tarde con la cena, pero Rodrigo no comió nada esa noche. Susana y Fernanda le insistieron hasta el cansancio, pero él no accedió, ni siquiera puso atención a sus súplicas. Entonces su prima decidió quedarse ahí a pasar la noche y ocupó el sillón para observar a Rodrigo.



Él había pintado un gran cuadro en la pared, el cual comenzaba a ras del piso y tenía casi dos metros de alto y de ancho. En el paisaje que estaba plasmando había un gran bosque al cual el otoño había llegado, lleno todo de hojas cafés, con un lago que corría de izquierda a derecha, con un cielo brillante que contenía algunas nubes. Había un pequeño bote junto al lago e incluso había una pequeña mariposa que alegraba más la imagen. Aquel lugar era un paraíso, definitivamente.



A Fernanda, por su parte, le ganó el cansancio como a eso de las tres de la mañana. Cuando se quedó dormida, el paisaje estaba más o menos a la mitad. Y para cuando despertó, a las ocho y media, estaba ya casi completo. Rodrigo había trabajado gran parte de la tarde anterior, toda la noche y ya entrada la mañana. Y aún así, parecía estar bien, no se veía cansado, pintar le transfería una energía que le permitía seguir pintando con la misma intensidad con la que había dado el primer pincelazo.



-  Vaya primo, que hermoso está –dijo Fernanda mientas se ponía de pie para desembarazarse–, oye, voy a hacer de desayunar, anoche no comiste nada.



Y pese a sus palabras, no encontró respuesta por parte de Rodrigo, él seguía como hipnotizado, perdido en su pintura, en enriquecer cada pequeño detalle que parecía no cumplir sus expectativas. Fernanda decidió llevarse la bandeja con la cena y preparar algo de desayunar, para traérselo a su primo.



Así lo hizo y al volver se sorprendió y se enterneció a la vez con la escena. Rodrigo yacía tirado en el piso frente al cuadro, dormido profundamente en posición fetal. Además, ella notó que él había agregado un último detalle a su pintura. Ese gran paisaje tenía “sobrepuesta” una ventana. Rodrigo había pintado un gran marco alrededor de la pintura y unos tablones a través de ella. Era como una gran ventana de madera que había sido puesta ahí para que la belleza de aquel paisaje no se escapara hacia nuestra realidad.



Fernanda pensó seriamente en despertar a Rodrigo para que comiera algo, pero después de pensarlo mejor, tomó una cobija de la cama y se la puso encima.



-  Mejor no lo molesto –dijo mientras salía del cuarto con la charola del desayuno en las manos–. Pero volveré más tarde, este niño tiene que comer algo.



Y dicho esto, salió de la habitación, descendió por las escaleras y dobló a la derecha para entrar en la cocina, donde estaba Susana esperándola para desayunar. Al entrar, su mamá le preguntó;



-  ¿Y Rodrigo? ¿Comió algo?



-  Nada, se quedó dormido mientras preparaba el desayuno –respondió Fernanda mientras se sentaba en un banco del desayunador, frente a su mamá.



-  Bueno, pues ni hablar, desayunemos tú y yo. Oye… ¿Y el azúcar?



-  ¡Oh! Creo que lo dejé arriba en el cuarto de Rodrigo –dijo Fernanda mientras se levantaba el banco–, pero ya voy por él, ahora vuelvo.



Así, Fernanda salió de la cocina, dobló a la izquierda y comenzó a subir las escaleras cuando, de pronto, una corriente de aire la hizo estremecer. Luego, se detuvo al observar que bajo sus sandalias había algunas hojas secas que se iban quebrando conforme avanzaba. Fernanda levantó la mirada y se dio cuenta que los escalones que le faltaban por subir estaban llenos de hojas. Ella no daba crédito a lo que estaba observando.



En ese momento, la puerta de la habitación de Rodrigo, que estaba entreabierta, se azotó, lo que hizo que Fernanda se alterara y saliera corriendo hacia el cuarto. Al abrir la puerta, Fernanda notó que algo en la pintura había cambiado, algo no estaba tal como ella lo recordaba antes de bajar las escaleras hacía no más de un par de minutos… la ventana que Rodrigo había pintado en la pared estaba “abierta”.



- ¿Rodrigo?... ¿Dónde estás? –preguntó Fernanda mientras entraba al cuarto.



Y al estar justo en el centro de la habitación, la chica no podía dar crédito a lo que estaba mirando. La fuerza se le fue de las piernas, cayó sobre la cobija que le había puesto a Rodrigo y continuó arrastrándose por el piso para alejarse de la pintura al darse cuenta que en la ella había algo más… Rodrigo yacía en la misma posición fetal, pero ahora él formaba parte de aquella gran pintura en la pared.



Rodrigo había conseguido finalmente escapar de este mundo y dejar todo atrás. La ventana que había pintado le sirvió de escapatoria para dejar sus penas y sus tristezas en este, nuestro lado de la ventana.



Fin.

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