A mi abuelita Juana, donde quiera que estés.
Siempre pensé que ver a la abuela de nuevo me haría sentir bien, me imaginaba tanto poder abrazarla de nuevo, verla a los ojos y darle las gracias a la vida por el hecho de haberla tenido como abuela. Sin embargo, ahora que estoy aquí tan cerca del lugar donde ella vive me siento preocupado. Y es que claro, es obvio, seguro se imagina que si estoy lejos de casa es debido a que algo me aqueja. O quién sabe, igual y se pone tan feliz de verme que ni tiempo le dará de pensar en eso. No sé.
Siempre pensé que ver a la abuela de nuevo me haría sentir bien, me imaginaba tanto poder abrazarla de nuevo, verla a los ojos y darle las gracias a la vida por el hecho de haberla tenido como abuela. Sin embargo, ahora que estoy aquí tan cerca del lugar donde ella vive me siento preocupado. Y es que claro, es obvio, seguro se imagina que si estoy lejos de casa es debido a que algo me aqueja. O quién sabe, igual y se pone tan feliz de verme que ni tiempo le dará de pensar en eso. No sé.
Además, no sólo me preocupa el hecho de qué pensará, sino que ni siquiera sé si estoy en la dirección correcta. La niña que me dio instrucciones, hace unos minutos apenas, fue muy clara: subes el sendero, giras en el sauce a la izquierda, bajas hasta la cabaña que no tiene ventanas, de ahí a la derecha, pasando los rosales está la casa de tu abuela. Y sí, fue muy clara en sus instrucciones, pero cómo no distraerse cuando hay tanta belleza alrededor. Nunca creí poder ver prados tan verdes como los que hay aquí. Mirando al horizonte, me da la sensación de que son infinitos. El sol brilla con particular alegría y bondad, llenando todo cuanto hay aquí de vida y regocijo. Y las aves que inundan las copas de los arboles con notas armoniosas, son el mejor coro que jamás he tenido el privilegio de escuchar.
!Ah¡ Sí… por cierto, ésta es la cabaña sin ventanas. Tal vez, a primera vista, uno puede pensar “que extraño tener una casa sin ventanas”, pero tiene su explicación lógica. Bueno, cuando menos eso me imagino. La verdad es que creo que siempre tendré esa duda. Según la pequeña niña de los risos dorados y la sonrisa de perlas que me mostró la dirección hacia casa de la abuela, las ventanas de esa cabaña están en el techo. Pero no sabía más que eso y que allí vivían dos ancianitos que aún tenían el cabello oscuro, pese a que en sus rostros y manos se notaban las marcas que el pasar del tiempo les había dejado.
Debo admitir que la casa se ve bastante original. Digo, siempre podrá ser un buen punto de referencia. Ahora, a la derecha… los rosales y… sí, aquí es. Bueno, voy a tocar. Toc toc. ¿Quién es? Yo abuela, Antonio. ¡Antonio! Ay, hijo… ¿Qué haces aquí? No, no es posible ¿Qué paso? Ay abuela ¿Por qué crees que pasó algo? ¡Ay Antonio! Nací de noche, pero no anoche así que no me vengas con cuentos. Bueno, pasa, pasa y siéntate y dejame prepararte algo y ya me contaras todo lo que pasa.
¡Ay! Mi abuela, siempre con ese poder de leer entre líneas, sin importar que tan buen mentiroso seas o que tanto hayas estudiado la forma de decir que todo está bien, ella siempre descubrirá el engaño.
Ya adentro, el recorrido, entre las preguntas sobre cómo estaba la familia y cómo la había pasado la abuela estando sola, nos llevó del pequeño corredor con dos aburridas pinturas de jarrones con flores hacía la sala, con sus dos lovesits, su mesa de centro y su olor a gato, hasta la cocina, bastante sencilla, donde había sólo lo esencial. La estufa, una tetera, una alacena repleta de comida en la que no podían faltar, claro está, las semillas de girasol, a las cuales mi abuela era sumamente adicta. No pensé que se pudieran conseguir en este lugar. Eso me sacó una sonrisa, bien dicen que no hay nada más difícil que dejar un vicio.
Y finalmente, uno de esos lovesits que ya había mencionado antes pasó de ser un asiento cómodo y lleno de pelos a ser “el banquillo de los acusados”. Y ya no tenía escape. No, creo que me condené cuando acepté la segunda taza de té con dos de azúcar y un poco de leche o tal vez fue cuando dije “si abuela, más galletas estarían bien”. Sí, creo que fue ahí, porque inmediatamente vino el “bueno, pasemos a la sala, hijo”.
Bueno y entonces… ¿Entonces qué? Aja, pues cuéntame de cómo decidiste venir aquí. Ah, sí, eso… pues es que es difícil de explicar abuela. Pues no importa, tomate tú tiempo, al fin tenemos mucho. Bueno, entonces te diré. La verdad es que… me rompieron el corazón abuela. ¡Ay hijo! No me digas eso. ¿Y luego? Pues luego… nada, que decidí que lo mejor sería estar aquí. Pero… ¿Y tu madre y tu hermana? ¿Qué no pensaste en ellas? ¡Que si no pensé en ellas! Claro que pensé en ellas, pero finalmente tenía que pensar en mi, abuela, en lo mucho que estaba sufriendo, en cuanto me dolió el hecho de que en un momento todo lo que había pasado se fuera por el drenaje y pues ya… tomé la decisión.
Estando mi abuela en la posición en la que estaba, justo frente de mi, al otro lado de la mesa de centro y recargada sobre su mano derecha en el descanso de ese sillón para dos personas, rosa y lleno de pelos, no podía tomarme entre sus brazos, pero pude ver en su expresión que ganas no le faltaban para saltar junto a mí y estrecharme, pero algo hizo que se contuviera. Tal vez la desolación en mis ojos era tan profunda que temió perderse en ella si se acercaba.
Y bueno, entonces llevábamos ya un rato saliendo Susana y yo, abuela… bueno, más que un tiempo, diría yo. Habíamos cumplido ya cinco años de relación. Todo parecía ir de fábula, hacíamos casi todo juntos, disfrutábamos los días lluviosos viendo películas en el sofá o salíamos a andar en bici si el sol brillaba en la ciudad, en fin… habíamos llegado al punto en el que gozábamos las cosas simples de la vida, siempre y cuando estuviéramos uno con el otro. ¿Entonces, en qué momento cambio todo, hijo? Pues fue cuando yo salí de la universidad. Ella entró un año después de mi y bueno, ahí conoció al “Profesor Francisco” y siempre me platicaba que “el profesor dijo esto, el profesor dijo lo otro, el profesor tiene una opinión muy interesante de este tema”… bla bla bla. Y pues ella comenzó a pasar mucho tiempo en la escuela, más de lo cotidiano. Y el “profesor Francisco” pasó a ser “Francisco” y luego se convirtió en “Paco”. Y así comenzó el declive, realmente fue rápido, vaya, cuestión de un par de semanas y un día llegó y me dijo que tendría que ir a hacer un trabajo y que no volvería por la noche a su casa. Yo le dije que no había problema. Pero, al día siguiente, lo único que me dijo fue “lo siento, anoche tuve algo que ver con Francisco y no quiero mentirte, será mejor que terminemos”. ¡Ay hijo”! Tranquilo… tranquilo…
Ya, ahí estaba, lo que le hacía falta a la abuela para ponerse en el otro cojín del sillón, junto a mí, lista para consolarme. Su táctica siempre fue la misma y vaya que era eficaz. Una mano en la espalda del dolido, la otra sujetando las manos del mismo quejoso. Luego la mano de la espalda viaja a la cabeza, frota un par de veces el pelo y luego hace que la cabeza vaya a su hombro. ¡Hijole! Si su hombro hablara, de cuantas penas no podría contar interesantes y tristes historias. Y luego el resto lo hacía su perfume de jazmín que comenzó a usar desde los 23 años, justo el día en que se casó con mi abuelo. Definitivamente si la paz tuviera aroma, olería igual que el suéter de mi abuela.
¿Y qué hiciste cuando te dijo eso? Pues nada, lo tomé muy “tranquilamente”, porque a fin de cuentas ya sospechaba yo algo y bueno, luego volví a casa y decidí que vendría aquí contigo. Entonces preparé todo. Fui con Alicia, la de la tienda y le pagué lo que le debía, no quería que en la colonia se quedaran con una mala impresión de mí y como esa señora es bien chismosa jajaja pues mejor no dar pie. Mmm, luego pasé por la casa de José y le dije que no iba a poder ir a jugar video juegos el fin de semana, como habíamos quedado. Ya cuando llegué a casa me sentía mejor, entonces fui a mi cuarto y le dejé una nota a mi novia en un sobre. La puse en el escritorio, digo, sabía que algún día mamá la encontraría y se la entregaría. Ya por último arreglé todas las cosas en mi habitación, todo quedó listo para que me fuera. ¿Y tu mamá no sospecho que traías algo entre manos? Pues yo creo que no, ya cuando estuve con ella y con mi hermanita estuve muy sereno. Y luego subí a la azotea. ¿Y para qué carambas subiste a la azotea? Pues es que quería ver la ciudad por última vez y ya que vivíamos en un edificio de 25 pisos, pues me pareció un buen lugar para hacerlo. Te lo debes poder imaginar, es una vista maravillosa, además ya era tarde y la ciudad de noche se ve muy bonita. Eso lo sé, hijo, pero es que no me entra en la cabeza… Bueno, ya no te mortifiques abuela. El punto es que ya estando ahí, cerré los ojos y le puse atención al viento… esperaba que me trajera un mensaje suyo, cualquier cosa, una sola palabra hubiera bastado. Entonces el aire comenzó a hablar más y más fuerte… su susurro se convirtió en un grito y el grito en un estruendo insoportable... pero no había noticias suyas. Fue entonces cuando abrí los ojos y reaccioné, sin embargo… ya estaba yo pasando como por el piso diez. La verdad es que ahí estuve a punto de arrepentirme, pero luego pensé “aunque te arrepientas güey, ya no hay nada que puedas hacer” y luego todo lo que recuerdo fue ver el concreto. Ni siquiera recuerdo un ruido, el dolor, algún estruendo de mi carne golpeando el asfalto, nada. El resto ya te lo imaginarás.
Bueno, pues creo que sabes que no estoy muy de acuerdo en lo que hiciste, hijo, pero finalmente fue tu decisión y ya estás aquí y ahora sí que ni como regresarte. Y suerte para ti que todo sea diferente de cómo te lo pintan los libros y las religiones, si no… otra historias estarías viviendo ahora, eh. Creo que fuiste egoísta, debiste haber pensado en tu madre y en tu hermana, pero ya lo hecho, hecho está. Lo sé abuela y en verdad me siento mal por haberlas dejado así nada más y estoy consciente de todo el dolor que les causé, pero pues en ese momento no podía pensar, no era yo… fue algo muy estúpido lo que hice, lo sé, pero…
Toc, toc...
Ay abuela… ¿qué pasa? ¿No me digas que mi mamá o mi hermana se…? No, no, a ver, espérate, no digas tonterías… déjame ir a ver…
Hijo, anda a la puerta… te buscan… Susana está aquí.
:O
ResponderEliminarya tenía yo varias cosas que tumbarte pero... déjame respirar un poco...hhh...
creo que ya.
bueno,en el segundo párrafo, dice así: " las aves que inundan las copas de los arboles con notas armoniosas, son el más magnifico coro que jamás he tenido el privilegio de escuchar"
creo que poner 'más magnifico' no es tan correcto, al menos no se escucha bien, es como poner 'más mejor', intenta "son -o hacen- un magnífico coro..",por ejemplo.
el tercer párrafo comienza con Oh sí, por cierto, creo que es más adecuado el Ah sí...
en fin, no es tan sencillo por un medio electrónico como lo es en un escrito en papel; no tengo problemas con las comas, aunque sí algunos detalles con acentos, ejemplo: cuando la palabra si es afirmación, se acentúa, y no lo hiciste siempre (2° párrafo, 5° renglón).
pero en conclusión me parece que es una bella hist...corrijo, una traumática historia :D
por cierto, el profe se llamaba como el chavo? ambos "Antonios"? porqué? es una gran incógnita...
Gracias por los comentarios. Los tomaré en cuenta y ahorita mismo le echaré un ojo. Lo del nombre si fue un mero error jajaja pero fuiste la primera que lo notó :P Gracias por leerme.
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