domingo, 29 de agosto de 2010

Suposiciones.

A Marisol Cen.




“En horas de la tarde encontré por primera vez a mis amigos… a la hora en la que la luz se hace más suave. Porque las partículas de felicidad que están en camino entre el cielo y la tierra buscan asilo en las almas de luz. Ahora la felicidad ha hecho a la luz más suave”. Así hablaba Zaratustra / F. Nietzsche.




Imagínate que hubiera un pequeño pueblo en medio de la nada. Cuántas historias no podríamos contar sobre la gente que ahí viviera. Imagina, por ejemplo, que una noche, una como cualquier otra, un hombre fuera vagando por ahí, sin rumbo fijo. Él llevaría el pantalón deslavado, la camisa arrugada y el pelo desaliñado. Sus negros ojos se perderían en las sombras que se dibujarían en su rostro cada vez que pasara bajo de alguna farola de la que sería la calle principal del pueblo. Mientras anduviese por ahí, llevaría las manos en las bolsas y la mirada perdida en el horizonte que se dibujaría a lo lejos. La luna llenaría el firmamento con mil luces destellantes alrededor suyo, las cuales lo harían olvidarse de todas sus preocupaciones.

Ese hombre no pasaría de los 23 años y llevaría en la mente la pieza para piano y violín tan suave y romántica que sus abuelos habrían solido tocar. Y después de mucho rato de sólo andar por ahí, el ruido de un frasco rompiéndose dentro de la farmacia por la que iría pasando lo haría regresar a la realidad y prestaría atención a los lugares y la gente de alrededor. Después de ver al viejo Don Fermín recogiendo los pedazos de vidrio, voltearía y miraría hacia la miscelánea, donde Güsy, el perro de la dueña del lugar, estaría durmiendo plácidamente. A un lado de ahí estaría el bar y nuestro joven amigo se cautivaría con las sombras que se proyectarían desde adentro en las ventanas del lugar.

¡Ah! Creo que no le hemos puesto nombre a nuestro personaje. Supongamos que se llama… Rodrigo. Ahora sí, podemos seguir suponiendo. Por ejemplo, supongamos que nuestro joven amigo seguiría andando por ahí, notando la belleza de cada pieza de herraje, de cada olor y de los sonidos que el pueblo le iría regalando en cada calle. Y después, justo ahí, en el momento menos pensado, el viento lo acariciaría, lo abrazaría y lo haría estremecer, pero a la vez llevaría un mensaje hasta sus oídos. Al principio, él no lo entendería, trataría de descifrarlo, pero no podría. Se detendría, lo escucharía con más atención y lograría, finalmente, captarlo, palabras sueltas, no habría oraciones.

- Llanto, asombro, tristeza – diría el viento.

Y así el mensaje se completaría.

En ese instante, Rodrigo irrumpiría en la tranquilidad de la noche y la atmosfera del lugar. Sacaría las manos de las bolsas y comenzaría a correr con gran decisión. Le pediría a sus viejos zapatos que resistieran el maltrato. Ellos, en cambio, sabrían que no podían prometerle nada, pero lo intentarían. El muchacho daría la vuelta en la siguiente calle, cruzaría una avenida más y después de un par de metros, en la primera banca del parque, a la derecha del farol, junto a las margaritas, podría ver sola a la niña de la que el viento le habría hablado, envuelta en un vestido blanco y sollozando casi inconsolablemente.

- ¿Pero… qué haces aquí?”, preguntaría el joven mientras se iría acercando a ella jadeante por tanto haber corrido.

La pequeña niña se llamaría Golondrina y Rodrigo la querría mucho. Y cómo no, si los papás de la niña habrían adoptado a nuestro amigo después de quedarse huérfano a la edad de ocho años.

- No hago nada, vete – habría respondido Golondrina al ver que Rodrigo buscaba sentarse junto a ella.

- ¿Por qué lloras, pequeña? – Habría preguntado Rodrigo con un tono tan suave como el del viento que lo había llevado hasta ahí. Ella voltearía a verlo, luego miraría su propio regazo y él creería haber encontrado la respuesta. La niña tendría una pequeña mariposa sin vida sobre sus piernas.

Por fin, ella posaría su mirada por más de un instante en la de su hermano. Los ojos de la niña, oscuros como la noche, buscarían en los de Rodrigo un refugio que brindase consuelo. Los labios de cereza de esa triste niña resaltarían entre la palidez de su rostro enmarcado en su negro cabello. Se vería tan indefensa.

- Se ha ido – diría ella al fin, tomando a la pequeña mariposa entre sus delgadas manos y acercándola hacia él.

- Se ha ido para siempre - repetiría sollozando. Rodrigo simplemente no sabría qué hacer o qué decir. Miraría a la niña y ella continuaría lamentándose.

- Vivió tan poco tiempo – diría ella - no es justo. No es justo.

- Es inevitable, querida – señalaría él -  es el destino de todos nosotros.

Ella sabría, en el fondo, que él tendría razón y lo abrazaría fuertemente, se aferraría a él como un náufrago se aferraría a la playa, pondría la cabeza contra el pecho del muchacho y dejaría caer las lágrimas del último adiós para la mariposa, lagrimas que se quedarían impregnadas sobre la descolorida camisa gris del muchacho.

Pasado un rato, ella se habría calmado un poco y entonces le preguntaría por qué las mariposas más bellas y más especiales se van tan pronto. Se preguntaría si acaso no la habría cuidado bien o si no le habría dado el cariño necesario. Él, todavía sentado junto a ella, le pediría que acudiese la noche siguiente al mismo lugar porque le haría un regalo muy especial. Pero, antes de irse, le haría prometer que cuidaría de su regalo y que le hablaría todas las noches. Sin embargo, no le diría en qué consiste la sorpresa. La duda la mataría, sí, pero decidiría ser paciente.

Supongamos, ahora, que Rodrigo podría decirle a Golondrina lo que tendría que hacer. Le diría que se fuera a casa y que la siguiente noche debería volver y sentarse en la misma banquita en la que están sentados. Ella se pondría de pie de un salto, pondría la mariposa en las manos de Rodrigo, le besaría la mejilla y se iría corriendo a casa con una sonrisa en el rostro. La sonrisa le serviría, además, para ocultar un poquito la tristeza que aún sentiría por su mariposa.

Al día siguiente, el sol, el trinar de las aves y el cantar del gallo despertarían a la pequeña Golondrina. Saldría de su casa con una sonrisa y con una caja en la mano, la caja sería para él. Un pequeño presente por ser tan bueno con ella y por consolarla. Correría por la ciudad a buscar a Rodrigo, porque él ya no estaría en casa. Luego, iría al parque, al teatro del pueblo e incluso a la escuela primaria donde él daría clases todos los días, pero nadie le podría decir dónde encontrarlo. El hecho de no poder hallarlo comenzaría a preocuparla, pero decidiría aguardar hasta la noche para ver si llega a la cita o no.

Ese habría sido el día más largo en la vida de Golondrina. Ella sentiría que las horas se habrían pasado más lento de lo normal. Y justo cuando el sol se estuviera yendo, ella llegaría al lugar indicado. Notaría que también habría alguien sentado ahí. No alcanzaría a distinguir quién sería, así que se acercaría rápidamente esperando encontrar a Rodrigo. Pero se llevaría una gran sorpresa al ver que no sería él quien estaría en la banca del parque. Sería don Jorge, el señor que tendría una tienda tan grande en el pueblo, que habría historias acerca de que ni el sabría todo lo que tiene ahí guardado. Y si acaso necesitaras algo y no lo tuviera a la mano, te lo conseguiría más rápido de lo que crees.

Ahora, ya que imaginaste el parque, la banca, a Golondrina de pie junto a don Jorge, que estaría cómodamente sentado y con los brazos cruzados, envuelto en su largo abrigo gris, el cual haría juego con su sombrero, imagina entonces que el señor le habla a Golondrina.

- Tu hermano me aseguró que llegarías – diría aquel hombre con su voz ronca debido a tantos puros que habría fumado en su vida - yo le dije que no lo creía porque seguramente seguirías llorando por la mariposa que perdiste. Pero ahora que estás aquí veo que no se equivocó.

Golondrina le preguntaría por él, pero aquel señor sólo le contestaría un seco y frio “shhh”.

- Siéntate aquí – le pediría el hombre a Golondrina, mientras le indicase el lugar vacio junto a él - ya casi ocurrirá.

La niña se sentaría y le intentaría hacer otra pregunta, pero don Jorge la interrumpiría haciendo un gesto con la mano.  

Don Jorge se quedaría mirando fijamente a la luna y Golondrina, dándose cuenta de ello, decidiría imitarlo tratando de descubrir que habría de fantástico en la luna, pero no distinguiría nada fuera de lo común.

De pronto, junto a la luna, algo comenzaría a destellar. Los destellos se harían más y más rápidos y prolongados.

- Pero… ¿Qué está ocurriendo ahí? – preguntaría la niña con un tono de sorpresa.

- Infeliz. Lo logró jajaja – gritaría don Jorge al mismo tiempo que se pondría de pie. Golondrina no entendería nada de lo que ese hombre estaría hablando, pero continuaría observando el espectáculo. Después de un rato, ya se habría acabado de formar una nueva estrella en el firmamento, pero sería una estrella bastante peculiar. ¿Por qué? Pues porque no sería azul, como todas las demás, no, esta estrella sería amarilla y además se habría formado apenas haría unos instante y muy cerca de la luna.

- Muy bien… ahí, pequeña Golondrina – señalaría don Jorge hacia la estrella - está Rodrigo.
La noticia resultaría ser sumamente impactante para la pequeña niña, tanto que se quedaría sin palabras. Después de un tiempo, preguntaría:

- ¿Qué está diciendo? ¡Explíqueme!

Entonces, aquel hombre bajito de estatura y moreno de piel, con su largo abrigo arrestándose en el piso, le contaría lo sucedido.

- Ayer por la noche, Rodrigo fue hasta mi tienda para comprar un globo – diría don Jorge, pero no era un globo cualquiera. Él quería un globo que lo pudiera llevar hasta allá, junto a la luna y un enorme quinqué, también, tan alto como yo y que lleva dentro aceite de medusa púrpura. Don Jorge se sentaría junto a Golondrina y continuaría su relato.

- Entonces, tu hermano me contó lo de tu mariposa y me dijo que quería darte un gran regalo, el mejor que cualquier niña pudiera desear. Quería darte… una estrella… y ahí está.

¿Te puedes imaginar cómo se sentiría Golondrina en ese momento? Ella sujetaría el brazo de aquel hombre con desesperación, se acercaría a él y en silencio le pediría que continuase con el relato.

- Pues bien – continuaría el hombre – él tomó el globo que le vendí, se montó en la canasta que colgaba de ahí, metió el quinqué a la canasta también y soltó el globo. Fue así como llegó hasta ahí.

Golondrina, entonces, con lágrimas en los ojos, se levantaría de la banca y le haría una última pregunta a don Jorge:

- Pero… ¿va a volver?

- ¡Ay pequeña! No lo creo – diría don Jorge al mismo tiempo que bajaría la mirada – no creo que el globo haya resistido mucho tiempo allá arriba. Si era muy fuerte, pero… tenía un límite.

Para cuando el señor Jorge terminara de decir eso, Golondrina estaría ya llorando.

- Pero entonces… él jamás volverá – exclamaría la pequeña niña.

- Temo que no pequeña – diría don Jorge – pero no llores Golondrina. Escucha, tú eras lo más importante que tenía. Además, hay algo que tú no sabes.

- ¿Y qué es? – preguntaría Golondrina con profunda curiosidad.

- Bueno – continuaría don Jorge – antes de morir, su mamá le dijo que siempre estaría cuidando de él desde ahí… desde la luna. Así que él hablaba con ella todas las noches y en una de esas noches, él le prometió a su mamá que haría todo lo posible por ir hasta allá y así poder estar junto a ella de nuevo. De esta forma, no sólo cuidará siempre de ti, sino que habrá cumplido también su promesa y estará ahora más cerca de su mamá.  

Y así, supongamos ahora que Golondrina se quedaría en silencio, tal vez, mirando a aquel loco que se habría ido de su lado con el fin de quedarse, irónicamente, para siempre junto a ella. Ella iría cada noche, desde entonces, a sentarse en la primera banca del parque, a la derecha del farol, junto a las margaritas. E iría a ese lugar para hablar con su estrella, con su querida estrella. Le hablaría de todo, de lo bueno y lo malo, de lo increíble y de lo más común de sus días, en fin.

Y todas las noches, antes de volver a casa, ella le recordaría a él cuanto lo quiere y le diría, también, que nunca, ni la distancia, ni el tiempo, podrían arrancarlo ni de su mente, ni de su corazón y se despediría, tal vez, enviando un beso a su amada estrella que le correspondería con sus mágicos destellos.

Sí, supongamos que tal vez… así sería.

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